20.08.2017 | 09:12

Los niņos nunca mienten

La vorágine de la vida actual no siempre nos permite hacer las regresiones necesarias a los momentos más simples, esos que allá lejos y hace tiempo, nos pusieron de cara a un futuro que podremos haber imaginado de mil maneras y que sin embargo –probablemente- nuestra insatisfacción constante no nos deja muchas veces, ver lo mucho que hemos superado, nuestros sueños infantiles.

Hubo una infancia, esa donde uno soñaba siempre con ser grande. Tener tal o cual trabajo, para que luego la vida nos mostrara que no todo se terminaba en una casa, en un auto, en un viaje o en una familia. Aquel niño de mucho barrio, de fútbol hasta que las piernas no dieran, de noches de escondida, de tardes de patineta, de excursiones sin peligros, abarrotado de ilusiones, seguramente quedó corto en las proyecciones realizadas. Porque en todos los cálculos, nunca está presente la “medición” del grado de satisfacción diario.

Por eso siempre es necesario hacer el camino inverso y el día del niño, puede ser un buen momento para hacerlo. El viaje es sencillo: recorrer el camino de regreso y ver cuánto de cierto, tenían aquellas ilusiones. Y la sorpresa seguramente va a llegar, de una manera u otra. Desde el simple motivo que la tecnología con la que contamos actualmente, no había ciencia ficción que la iguale, desde los cibernéticos teléfonos que hoy gozamos, o una pantalla de LED gigante para nuestras ilusiones y ni que hablar del parque automotriz, donde cualquier niño de hace 50 años atrás, apenas podía soñar con tener las “naves” que hoy existen. Y sin embargo, desde una simple chata, hoy muchos las tienen.

Claro, si quienes soñaban estaban en un campo, lo de hoy es digno de la guerra de las galaxias: cosechadoras satelitalmente tecnificadas, un drone recorriendo, un medidor de clorofila o hasta la simpleza que puede regalarnos una pequeña y compleja estación meteorológica. Soñar, hoy por hoy, solo cuesta plata, el resto, no tiene límites. Por eso seguramente, los sueños de cualquiera de nosotros de aquel pasado, indudablemente quedaron cortos.

De la misma manera el grado de satisfacciones puede medirse en lo laboral, donde muchos de nosotros podemos haber soñado –como quien suscribe- su vida transitándola en el campo, recorriendo potreros, arriando animales, sueños que para un pequeño nacido y criado en un departamento, podrían ser futurología pura. Sin embargo, la vida puede regalarnos los caminos y a la satisfacción de cumplir mucho de lo anhelado y encima agregarle una dosis no menos inferior, de poder disfrutar cada día, de lo que uno hace. Por lo tanto, los sueños – insisto -se fueron quedando cortos.

Y como la vida tiene la posibilidad de volver a comenzar cada 24 hs, el regalo más interesante llega cuando nos damos cuenta, de que mientras tengamos la posibilidad –salud mediante – de seguir cumpliendo sueños, la vida sigue ahí, al alcance de nuestras decisiones. Allí radica, la esencia de esta propuesta del día del niño, la de la enorme oportunidad de poder intentar al menos, vivir cada día, con la ilusión de alcanzar las metas más sencillas que alguna vez soñamos: un encuentro con amigos, un viaje, una comida familiar, un amor nunca expresado, una simple película en el cine o hasta los cinco minutos que siempre nos prometemos, tener como padres, como hijos,  como hermanos o como buenos amigos. Ser niños, es todo eso.

Por eso, sentirnos niños por un momento es la oportunidad única de decirnos a nosotros mismos, la más cruda de las verdades. Pero claro, estamos preparados para escucharla? Cuidado con lo que nos decimos, recuerden, los niños, nunca mienten.

Carlos Bodanza

Para Mañanas de Campo


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