03.12.2017 | 10:12

Dejar de ser adolescentes

Las ideologías no nos dejan a los argentinos construir un país y mucho menos una República. Vivimos una eterna adolescencia. Parece que no podemos comprender que es necesario madurar hacia procesos superadores si deseamos salir adelante.

Vivimos en la confrontación permanente. Se rechaza frontalmente aquello que nos saca de la zona de confort, sin querer asumir responsabilidades. Nos parece casi normal ser reacios a una relación cotidiana basada en el respeto y en la consideración del otro, y mucho menos en ser sumisos ante la ley.

No nos importan los modos y menos aún el fondo de lo que se trata el vivir en democracia. Ella parece ser el territorio de nadie donde se impone el que grita más, el que tiene más recursos económicos o el que puede imponer su voluntad por encima de la norma.

Uno de los rasgos de la adolescencia es creerse el inicio de todo sin entender el largo y complejo proceso del que somos herederos los seres humanos. La tarea de esbozar una personalidad y de construirla en valores viene del origen de la vida humana sobre la tierra. Se basa en gestos, modales, palabras, tradiciones que se proyectan en las personas y que se perfeccionan en el tiempo.

La degradación constante nos ha llevado a perder el sentido del valor de las cosas y de las personas. Resulta inverosímil esta burda competencia de quién insulta o agrede más a quien en nombre de la ideología que desea imponer. Nos olvidamos que toda relación de las personas se hace con el otro y no contra el otro. Esto se conoce desde la infinidad de los tiempos, pero nosotros, pobres adolescentes, en nuestra soberbia, en nuestro egoísmo, nos olvidamos de redescubrirnos en el otro. Es lo que la filósofa alemana, Hannah Arendt, denomina “alteridad”, ponerse en la condición del otro. Saber que se  puede hacer algo trascendente cuando entendemos y nos involucramos en la vida del otro.

Tenemos que elevarnos sobre las miserias, las exculpaciones, las distracciones diseñadas ex profeso. No debemos contentarnos con menos, debemos buscar lo mejor. Debemos asumir la urgencia. Somos adolescentes porque no tenemos conciencia de la madurez, porque no sabemos sus ventajas y porque creemos que el tiempo de la renovación no tiene plazo, es eterno.

Si deseamos terminar con este proceso adolescente, tendremos que abordar con coraje las potencialidades y trabajarlas desde ahora para que maduren en espacios nuevos y de realización para todos. Algunos ya lo vienen trabajando y no les va tan mal. Empecemos a identificarlos para avanzar con ellos en la alteridad y vivir plenamente la reconstrucción de una Argentina moderna y adulta.

José Luis Ibaldi

Para Mañanas de Campo


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