11.02.2018 | 09:41

¿Hasta cuándo seguiremos preguntándonos por qué?

¿Por qué los argentinos no queremos cambiar? ¿Por qué nos empeñamos en seguir manteniendo un statu quo que nos atrasa? ¿Por qué no miramos a los países que se han empeñado, a fuerza de muchos sacrificios, en crecer y desarrollarse? ¿Por qué seguimos pensando que el mundo ha cambiado para el resto del planeta y no para nosotros?

Hace algunos años escuché a un conferencista –el doctor Benjamín Fernández Bogado-,  que además de periodista es profesor en Harvard. En una brillante conferencia sobre “El gran reto solidario en un mundo en crisis”, entre los muchos temas que tocó fue el de la educación, planteando que no es posible hacer frente a una revolución educativa de manera aislada y solitaria. Directamente dijo que le parecía una tontería. Por el contrario, planteó que hay que buscar fórmulas asociadas que permitan que organicemos la currícula, la manera de enseñar y la sociedad, que finalmente es la que se refleja en la educación.

Comentó que Corea del Sur, en 1964, tenía un ingreso per cápita de 154 dólares. Hoy es la undécima economía del mundo. Lo más interesante de Corea –acotó- es que en 1964, después de la guerra que dividió su territorio en dos naciones completamente distintas, es que la política se dio cuenta que para restaurar la capacidad de organización del ser coreano, había que echar mano a un proyecto solidario. En la actualidad registra 10 mil patentes por año, cuando América latina sólo registra 1.000. Posee una marca mundial como Samsung. La riqueza mundial de hoy está en la cabeza de la gente.

Enfatizó el doctor Fernández Bogado que el 66% de la riqueza del mundo es conocimientos; el 30% es industria y el resto es agricultura, cada vez más mecanizada y sofisticada.

Hoy por hoy estamos asistiendo a una Argentina donde los gremios, los políticos, los empresarios, la clase dirigente, no se mira en el espejo del mundo y no quiere cambiar porque se siente muy cómoda en su zona de confort. El problema es que el cambio incomoda. Por eso han elegido cambiar para no cambiar, y así están condenando a todo un país a acostumbrarse a vivir una realidad que no existe. Los azuzan a mirar el bolsillo ante cada acto eleccionario; les recuerdan el pan dulce y la sidra que recibieron otrora sus abuelos; los conminan a ser esclavos de punteros inescrupulosos; los transforman en pedigüeños consuetudinarios del Estado; los acorralan con chicanas que nunca van a cumplir.

En el seno de esa clase dirigente nadie habla de tejer alianzas para que el país alcance el grado de República, con todo lo que ello implica; para lograr mejores políticas públicas que ayuden a sacar al país del empobrecimiento y embrutecimiento moral y económico; para instalar en el seno de la sociedad la solidaridad para hacer.

No estoy pidiendo que surja de la sociedad argentina un Nelson Mandela o un Mahatma Gandhi, pero sí una clase dirigente que le dé valor al sentido y al concepto de amor, entendido como idea de servicio, tal cual lo practicaron activamente aquellos hombres que trascendieron como líderes mundiales.

No me canso de repetir y de trabajar desde la modestia de esta pluma en lograr que los argentinos despertemos, que hagamos hacer valer nuestros valores, que incomodemos a la clase dirigente, que aspiremos a más, que dejemos de lado los egoísmos y asumamos participar. De otra manera, seguiremos preguntándonos como los niños ¿Por qué nuestra Argentina no se levanta y anda?

José Luis Ibaldi

Mañanas de Campo

 

 

 

 

 


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