11.03.2018 | 09:13

Sensaciones, lo intangible del camino

Es cierto, los kilómetros marcan nuestra vida, nos enseñan, nos permiten soñar durante las horas en donde el mate en soledad se convierte en el diálogo más nutrido. Pero no solo debemos estar atentos al camino, a su paso, cada día nos regala momentos únicos y sensaciones que aparecen, como un regalo divino.

Es domingo por la tarde y los pocos momentos libres de la semana, me encuentran una vez más cumpliendo obligaciones y devorando kilómetros. La cita es un campo cercano a Pringles y si bien la consulta es por un animal en particular, poco sabía yo que me encontraría con uno de los más bellos lugares que he transitado, si de cascos particulares y estancias se refiere. A veces, no hay lugar para la cámara: es la vista la que prioriza detenerse, en una casa de estilo soñado, un parque sacado de una postal y hasta un lago artificial que decora el paisaje.

La recorrida interna no es menor: colecciones en miniatura de todos los ejércitos del mundo, pero la mayor envidia –no tengo porque no reconocerla – aparece en las enormes bibliotecas que recorren un cuarto en todas las caras de sus paredes. De solo saber que ese hombre frente a mi poseía el capital de haber leído todo lo que allí se encontraba, me encontraba parado sin dudas, frente a uno de los tipos más “ricos” que haya conocido. A esta altura no lo dudo, la verdadera riqueza está en los conocimientos acumulados.

El viaje continúa y el compartir dos días de un curso con colegas, me pone en el mejor de los lugares. Varios de ellos Uruguayos, no permiten entender cuán parecidos somos y cuán distintos podemos ser con nuestros hermanos orientales. Ellos quizás, sin el “gen argento” que nos distingue, nos hace claramente más pobres aunque no lo seamos en dinero, locos de tiempo, hartos de chicanas, viajeros con apuro. Ellos, sin dudas, son lo contrario.

El madrugón planificado traería la mejor de las partes: una misa tempranera en el monasterio de los Monjes Trapenses, un lugar cuyo viaje te lleva a la fuerza a tu interior más profundo. Todavía bajo las luces del amanecer, el templo impresiona por tamaño, por pulcritud, por silencio lleno de sonidos, por sentir claramente que ese lugar, parece no pertenecer a este mundo.

Las campanas no son un llamado a nadie en particular, son una introducción a una energía que te inunda, que te pone a vibrar con los tañidos, que se rompen al escuchar las primeras voces a capella, con monjes cantando en ambos lados, contestando con cantos unos a otros. No es una misa más, ni siquiera tiene que ver con las creencias o las religiones, allí sin dudas, se abriga algo diferente.

El padre Rubén es tan sencillo como profundo, sus conocimientos de la vida son casi tan incisivos como los que tiene de ganadería. Un libro abierto de genética “pampa” corre por su sangre y su remate final acerca del clima, la naturaleza y el campo, no hace más que explicar, lo que el hombre tiene a la vista, pero jamás entiende.

Con el tema de las lluvias y las carencias nuestra experiencia a lo largo de los años nos dice que uno nunca tiene que estar en el campo más exigido, de lo que realmente el campo puede. El pretender producir más, termina siendo contraproducente. Si uno es un poco más naturalista y conservacionista en el buen sentido, aprende a dialogar con el campo con lo que puede y cómo exigirlo. Para eso, hay que estar adentro, hay que ir creando un olfato, eso no viene en recetas, cada campo es distinto, así como nosotros lo somos y ahí está el arte del que lo cuida”.

Simples tesoros, profundas sensaciones, grandes aprendizajes. Nunca importa el lugar al que vamos, indudablemente lo que vale, es el recorrido.

Carlos Bodanza                                                                                           

Para Mañanas de Campo


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