“Yo me equivoqué y pagué” es quizás una de las frases más célebres que haya dicho el mejor jugador de todos los tiempos. Un amigo, un tiempo jugó con hacerse una tarjeta personal que rezara, “especialista en malos negocios”, mientras que mi siempre nombrado amigo Gustavo en estas columnas, grafica y arma sus charlas motivacionales y técnicas, mostrando fotos, videos y tratando de reírse y aprender, de sus propios errores. “Las buenas las cuentan todos, pero en las pérdidas están los verdaderos aprendizajes”, explica.
Qué hacemos con nuestros errores? Sería la más importante de las preguntas que deberíamos hacernos, ya no solo para el campo, la producción, una siembra, un negocio, la dosis mal calculada, el peso errado, entrar a comer antes de tiempo, encontrar mortandad en una alfalfa y los cientos de miles de yerros que podemos tener, nada se los compara con los de la propia vida, la de uno mismo.
En estos días me preocupa profundamente el nivel de conocimiento que muchos ganaderos tienen sobre las campañas de vacunación, las enfermedades, entre ellas aftosa, brucelosis, carbunclo, la edad de las vacunaciones, las categorías involucradas, el escaso conocimiento y la poca preocupación, son parte de un repertorio que debería ponernos al menos, en cierto lugar de responsabilidad, no es posible que a esta altura, estemos aún preguntando como funciona una vacunación de brucelosis, cómo son las campañas de aftosa, cuando se realizan las tareas que son obligación del propio ganadero, que las entidades, que las fundaciones se hayan hecho cargo, no quita la obligación de conocer qué es lo que estamos haciendo. Y esto, créanme, es un gravísimo error de cada uno de los que ignora –por propia elección- los deberes sanitarios que se deben realizar.
La producción agropecuaria hace rato dejó de ser una cuestión de pequeños, medianos o grandes, lo que allí se genera, es comida, sean granos, frutas, verduras, carne o leche, todo es parte de lo que el consumidor, aquí, en Europa o donde sea, va a exigir ante las máximas autoridades, la salubridad, la calidad y el precio, lógicamente acorde a lo que ello signifique. Y todo eso, es responsabilidad del productor, más allá de que la cadena lo sea solidariamente, quien comienza todo, es el primer eslabón y hoy, aquí muchos están lejos de estar preparados para semejante desafío.
Es común escuchar las quejas, “me cobran esto, tengo que pagar aquello, me descuentan esto otro”, sin embargo, son las reglas del juego y debemos adaptarnos, nadie nos puso en este lugar y si siempre hemos luchado, exigido y alentado a crecer y expandirnos por el mundo, bienvenidos, el mundo es un lugar donde todas son exigencias y el mundo es el que paga. Si gusta, adentro, si no gusta, lo decía un viejo profesor muy exigente en Tandil, “si no quiere atender un kiosco, no abra un supermercado”, frase válida, para un sector agropecuario que en los valores de la mayoría de las producciones, hace rato dejó de ser un sector indefenso.
No hay que olvidarse, cometimos muchos errores en lo político, en lo comercial, en lo sanitario, en la imagen, en la carga animal, en la densidad de siembra, en los alquileres, en la biotecnología, en la propiedad intelectual, en el tipo de siembra, en el uso de fitosanitarios, en el peso de faena, en el abandono de nuestros caminos –son nuestros, debemos hacernos cargo-, en la no participación política y ciudadana, en no plantarnos en muchas cuestiones que solo nosotros, podíamos manejar.
Hoy, como en la vida misma, pagamos las consecuencias de todos los errores cometidos y en ellos, como en la vida repito, están las claves de poder construir algo mejor, de nosotros mismos, de nuestro emprendimiento, de nuestros negocios, de nuestra comunidad, de nuestro país. Los errores, son cada uno de nosotros, puestos al desnudo, está en nuestra capacidad de reconocerlos, abrazarlos, entenderlos y salir adelante, para poder en un presente y en un futuro, sentar las bases de lo que queremos ser.
Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

























