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Reflexiones de almanaque

Es urgentemente necesario bajarse de la “vorágine” que nos lleva -más que vivir- a consumir los días. Cada día, renovamos la oportunidad de hacerlo.

“No hay tiempo” te dicen continuamente cuando vez que el día, las horas, el almanaque, corre una carrera generalmente inalcanzable. Vivimos de la inmediatez, pero es tan inmediata, que a veces no la alcanzamos a ver. Todo es tiempo, todo es rápido, la paciencia es una cualidad en extinción, y la espera se ha convertido en una curiosidad.

Cada cual en su medida, cada cual a sus años, pero lo cierto es que cuando se corre un número en el tablero de las edades, los años parecen que fueran de “otros”, nos cuesta hacernos cargo de que la cifra nos pertenezca. La mirada en el pasado suele ser una constante, pero no necesariamente entrega “justicia”, no siempre es bueno mirar el diario del lunes para revisar cualquier tipo de decisión tomada. Por eso es importante, tomar distancia de lo realizado, sacar el mejor provecho, y volver al presente, ese regalo que nos trae el día a día.

El gran interrogante de estos tiempos, es cómo frenar el tiempo? Parece un chiste, pero no lo es. No se trata de no envejecer, no es cuestión de no cumplir años y ni siquiera es negación de lo que vendrá: es el desafío de no dejarse llevar por una “vorágine” que ocurre con o sin nosotros, porque es el modo, es el formato que ha tomado la vida.

Por eso muchas veces me pregunto, qué hace el otro que yo no? La ventaja de este tipo de trabajo tan apasionante –recorrer, informar, entrevistar, conocer pueblos, caminos, campos- es que nos pone muchas veces de frente a historias, personas y lugares que nos muestran, que hay otra forma, hay otra vida aún protegida de mucho de lo que nos ocurre en las ciudades y en la vida general.

Los pueblos siempre son el mayor ejemplo de eso: hay tiempos que no se negocian, el mate en mano en un negocio, la charla con el del almacén, la parada en la estación de servicio, dos vehículos en la esquina poniéndose al día de las diferentes cuestiones. La siesta sagrada, el ritmo cansino de la tarde y el silencio único de las noches. Calles vacías, pero casas llenas.

En el campo, a menor escala, las cosas siempre se toman su tiempo. El apuro es mal consejero, por eso antes de hacer nada, el mate es la “estación obligatoria”, no es una cuestión ni social ni de pereza: es la agenda imaginaria. Es el momento para estudiar las tareas a realizar, y cada una de ellas, se viven “aquí y ahora” porque arriba del tractor, con un poste o varilla en la mano, en el medio de la ardua tarea de “la manga”, no se puede pensar en otra cosa. Y ahí, en ese momento, es donde el tiempo se detiene. Por eso, siempre son “largas jornadas de trabajo”, porque se viven, se sufren o se disfrutan, pero no hay manera de estar en otro lado como pasa en la oficina, en la camioneta, o en cualquier vorágine de tramites citadino.

“Me aburro” dicen los chicos muchas veces, porque justamente no poseen el “ruido mental” que los lleve hacia todos lados y no los deje en ningún sitio. Y justamente cuando ese ruido pasa, es cuando se te pasó el día.

Un nuevo año de vida, más allá del año nuevo que se suma a las reflexiones, nos invita a repasar cuáles son los pendientes, para que pudiendo o no, vayamos por ellos, al menos intentarlo, no dejarlos como objetivos imposibles, cuando generalmente son todas cuestiones posibles, dudo a que esta altura no conozcamos nuestras limitaciones.

Hay un cumpleaños por delante, hay un cambio de cifras, hay una mirada que siempre nos obliga a “poner la vista al frente”, cuando el verdadero desafío, es no mirar muy lejos, primero porque nadie te asegura de que llegues, pero principalmente, para no perderse lo que está a la vista, en este mismo instante. Por eso, volviendo al inicio, se acaba cuando se termina, mientras tanto, tiempo es lo que sobra, simplemente no hay que dejarlo pasar.

Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

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