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Opinión

Orgullo de hierro

Cada 12 de diciembre recordamos el Día de la Maquinaria Agrícola, celebramos una historia de trabajo, de innovación constante, de desafíos y de soluciones criollas.

Este domingo, mientras el cielo empieza a tomar el color del verano y los campos respiran el ritmo cansado de fin de año, queremos detenernos un minuto para recordar una fecha que pasó hace apenas dos días: el Día de la Maquinaria Agrícola, celebrado el 12 de diciembre, porque hace 72 años la fabricación de maquinaria y repuestos agrícolas, fue incorporada al régimen de industrias de “interés nacional”, según el decreto N° 25.056.

Esta fecha no suele llenar titulares, pero encierra una enorme parte de lo que somos como país. Porque cuando hablamos de maquinaria agrícola, no hablamos solo de fierros, engranajes o motores. Hablamos de una verdadera revolución silenciosa que cambió la forma de trabajar la tierra, la forma de producir alimentos y, en muchos casos, la forma de vivir en nuestras zonas rurales.

Si miramos hacia atrás, a los albores del siglo XX, podemos imaginar ese campo argentino inmenso, dependiente todavía del esfuerzo físico, del caballo, de la mano humana que hacía todo: la siembra, la cosecha, la trilla. El trabajo era arduo y lento. El clima marcaba los tiempos y las esperanzas. Y fue allí, en ese contexto, cuando comenzaron a llegar las primeras máquinas: sembradoras rudimentarias, las primeras cosechadoras que parecían monstruos de hierro, los tractores que reemplazaron al caballo y que, en cada pueblo, eran casi motivo de fiesta.

La mecanización no solo aceleró las tareas, sino cambió la escala y el horizonte productivo del país. Permitió sembrar más hectáreas, reducir pérdidas, mejorar rendimientos. Y quizá lo más importante: ayudó a convertir a la Argentina en uno de los grandes productores de alimentos del mundo.

Pero también ocurrió algo que nos caracteriza a los argentinos: no nos quedamos con lo que venía de afuera. Muy pronto, en los talleres metalúrgicos de Santa Fe, en las fábricas de Córdoba o en los galpones de inventores autodidactas de la Pampa gringa, se comenzó a diseñar y fabricar nuestras propias maquinarias. Cosechadoras, sembradoras, pulverizadoras, implementos que nacían escuchando al productor, pensando en nuestros suelos, en nuestras distancias, en nuestras realidades.

A mediados del siglo pasado, ese impulso industrial creó un sector que hoy sigue siendo motivo de orgullo, porque la industria nacional de maquinaria agrícola exporta a Latinoamérica, a África y a distintos rincones del mundo. Equipos hechos con manos argentinas, con ingeniería argentina, con esa creatividad que aparece cada vez que las circunstancias aprietan.

Y hoy, en pleno siglo XXI, la maquinaria agrícola volvió a dar un salto. Ya no hablamos solo de motores; sino que hablamos de GPS, sensores, mapeos de rendimiento, inteligencia artificial, agricultura de precisión. Maquinaria que no solo trabaja la tierra, sino que también la escucha, la mide, la cuida. Equipos capaces de sembrar grano por grano en el lugar exacto y de aplicar insumos con una precisión que era impensada hace apenas unas décadas.

Detrás de todo esto hay productores, ingenieros, operarios, mecánicos, estudiantes de escuelas técnicas. Se trata de una cadena humana que no se ve desde la ruta, pero que sostiene el latido productivo del país.

Por eso, cuando cada 12 de diciembre recordamos el Día de la Maquinaria Agrícola, celebramos una historia de trabajo, de innovación constante, de desafíos y de soluciones criollas que hicieron posible que la Argentina creciera, se modernizara y se mantuviera competitiva en el mundo.

A no dudarlo, es parte de nuestra identidad, de esa mezcla de tierra fértil, ingenio nacional y ganas de seguir moviéndonos hacia adelante. Porque así es la historia argentina: hecha de esfuerzo, de ideas… y también de máquinas que nunca dejaron de girar. Para los argentinos tiene que ser nuestro orgullo de hierro…

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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