La verdad ya no anda suelta por ahí, discutida, incómoda o contradictoria. Ahora tiene oficina, escritorio, y, por supuesto, respuesta oficial.
La creación de la llamada Oficina de Respuesta es una dependencia destinada -según se explica- a aclarar información y mejorar el debate público. Para el Gobierno es una idea noble, casi pedagógica. Para la oposición, una mordaza. Sin embargo, si algo caracteriza a la política vernácula es su inmensa paciencia para el diálogo y su amor por los matices.
En principio, no habría nada de malo en que el Estado dé su versión de los hechos. Después de todo, vivimos en la era de la desinformación, de los títulos exagerados y de las fake news. ¿Quién podría oponerse a que alguien “aclare” lo que está mal dicho?
El detalle es que esa aclaración viene desde el propio poder, sobre contenidos producidos por periodistas, medios y opositores. Y, además, dirigida por personas muy cercanas al corazón político del gobierno. Pero yo digo que no seamos malpensados, seguro que es solo una coincidencia.
En estos últimos 43 años de democracia, la política es la que más transparencia comunicacional debería haber tenido. No obstante, todos sabemos que cuando el Estado empieza a señalar qué información es correcta y cuál no, lo hace siempre con absoluta neutralidad, sin intereses, sin enojos y sin carpetazos. Especialmente en un clima político sereno, sin insultos, sin descalificaciones y sin enemigos imaginarios.
Me pregunto por qué el Gobierno necesita una oficina específica para responder. ¿Será para aclarar datos o para marcar a quienes están del lado correcto de la historia y a quiénes no?
Aclaremos que, en una democracia sana, el Estado informa, publica datos, abre archivos y responde preguntas. No califica contenidos, no desacredita periodistas y no construye una verdad oficial con sello y membrete.
Bueno es saber, también, que cuando el poder se arroga el rol de árbitro del discurso público, la libertad de prensa empieza a caminar por la cornisa. No porque haya censura directa, sino porque aparece algo más sutil en el mensaje implícito de que hay relatos tolerables y relatos sospechosos.
¿Será por eso por lo que la Oficina de Respuesta está generando debate? Hay que tener memoria, porque la libertad de expresión no suele perderse de golpe; se va desgastando, respuesta por respuesta, comunicado por comunicado, “aclaración” por “aclaración”.
Así que celebremos esta novedad institucional que nos acercará a una oficina que nos explicará cómo entender la realidad.
Concluyo recordando que siempre en democracia podemos opinar; siempre y cuando la verdad oficial nos lo permita.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























