Hay una tentación muy humana, y muy argentina, de creer que quien piensa distinto está equivocado por definición, y que la realidad se divide entre buenos y malos, patriotas y traidores, iluminados y confundidos. También de que la verdad pertenece a un solo sector, a una sola ideología, a una sola mirada. En definitiva, la tentación del pensamiento único.
Este es un tema que viene desvelándome desde el inicio de esta nueva democracia en 1983. Han pasado 43 años y la venimos empeorando porque no hemos aprendido nada. La pregunta que me hago es si pensar distinto nos agobia…
Puedo decir que el pensamiento único tiene una ventaja innegable y es que es cómodo. Nos evita la duda, nos ahorra preguntas y nos libera del esfuerzo de comprender al otro. Nos ofrece respuestas simples para problemas complejos y nos permite vivir en un universo donde siempre tenemos razón, pero esa comodidad tiene un costo enorme porque empobrece el debate público, deteriora la convivencia y termina debilitando la democracia.
Los argentinos conocemos demasiado bien las consecuencias de los dogmatismos. Durante décadas venimos transitando ciclos de enfrentamientos donde muchas veces se pretende imponer una única versión de la realidad. Y cuando una sociedad deja de escuchar, cuando sustituye el diálogo por la descalificación, cuando convierte al adversario en enemigo, comienza a perder una de las riquezas más importantes de la vida democrática, es decir, la diversidad de miradas.
La democracia no es unanimidad. Nunca lo fue. La democracia es precisamente el sistema que acepta que existen diferencias legítimas entre ciudadanos libres. Es el lugar donde conviven ideas distintas, intereses diversos y proyectos contrapuestos. Su desafío no consiste en eliminar esos desacuerdos, sino en procesarlos pacíficamente mediante el diálogo, las instituciones y el respeto mutuo.
Por eso tal vez deberíamos redefinir el debate. No se trata solamente de abandonar la dictadura del pensamiento único para abrazar la diversidad. Se trata de algo aún más profundo, como es salir de la comodidad del pensamiento único para ingresar en la complejidad de la democracia.
La democracia es compleja porque exige tolerar la incertidumbre; obliga a reconocer que nadie tiene el monopolio de la verdad; nos demanda escuchar argumentos que no nos gustan y aceptar que una persona inteligente y honesta puede llegar a conclusiones muy diferentes de las nuestras; y exige convivir con la discrepancia sin convertirla en una guerra permanente.
En tiempos de redes sociales, algoritmos y polarización, este desafío se vuelve todavía más importante. Cada vez es más fácil refugiarnos en espacios donde todos piensan igual que nosotros, y es más sencillo consumir información que confirma nuestras creencias y descartar todo lo demás.
La fortaleza de una democracia no se mide por la ausencia de conflictos. Se mide por su capacidad para administrar esos conflictos sin romper la convivencia.
Sin embargo, cada día que pasa siento que mientras pensemos que el presente y el futuro pertenece a quienes gritan más fuerte, estamos lejos de construir acuerdos sólidos porque el poder y el dinero que hay en juego es lo que importa. ¿El pueblo? Bien, gracias… Y todo porque alguna vez nosotros, como pueblo, como ciudadanos, comenzamos a dejar en manos inescrupulosas a la democracia, porque el pensamiento único es más cómodo.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























