Por estos días es de lo único que se habla, si es justo, si es correcto, si no corresponde, si hay que bajarlo, si es un abuso, si son canjes sindicales, si esto, si aquello, lo otro….y sin embargo, hay tantas miradas como trabajos, en estos tiempos donde todo, absolutamente todo, está distorsionado.
Es innegable que venimos de los últimos 30 años de un abuso del derecho por derecho en sí, que ha llevado a que cualquiera de los gobiernos reinantes –más allá de que algunos inventaron trabajos donde no lo había-, esas políticas en general muy arraigadas al sindicalismo, son más allá de los debates económicos, una de las principales causas de desempleo en nuestro país. Seré obtuso, pero no hay discusión ni explicación que me haga cambiar la idea de que este extremo que hemos vivido, llevó a la debacle laboral en todos los sentidos, ocupaciones, profesiones, o lo que fuere, la balanza de “todo para un lado”, no puede ser positiva, resultados a la vista.
No defiendo la reforma ni su contenido, porque a decir verdad, ni siquiera me he motivado a estudiarla profundamente, ese es el grado de desencanto que me ha generado tantos años de “prostitución política”, donde todo es canje, todos son favores, todos intercambios de rehenes para lograr o no alguna cuestión en diputados, senadores y donde fuere, si hay algo que perdió la “honorabilidad” hace mucho tiempo, son los camaristas. Defienden partidos, ideologías, fuerzas, pero jamás a la gente, eso, lo tengo recontra-claro y la bandera la enarbolan los sindicalistas, incapaces de defender derechos laborales reales, y no beneficios propios.
Dicho esto, hay cosas que no cambiarán, porque lo que cambio en realidad hace tiempo, es la dignidad del laburante. Esa que marcaba que cuando alguien “nos elegía” para determinada tarea, profesión, desarrollo, de alguna manera quienes aceptábamos lo hacíamos con cierto orgullo, de ser los responsables de esa calificación, con una “camiseta” puesta en pos de hacer crecer el desafío, con un “hambre personal” de crecimiento, con la obligación bien vista como bandera, y no con la mirada puesta en que “te usan”, “se llenan de plata”, “no les importa”, etc etc o también el otro lado del mostrador, esperando que “mañana falte”, o “seguro que me mete una carpeta”, o un nuevo empleado “un nuevo juicio perdido”. Una vez más, la grieta, esa que nos atraviesa en todos los ámbitos, esa que nos ha puesto a la “cola del mundo”, la que nos ha llevado a las peores miradas, al país fundido, al saber que tarde o temprano, de un lado o del otro –dicho con todas las letras- “te van a cagar”.
Como en toda enfermedad hay que encontrar el diagnóstico, para poder hacer el tratamiento correspondiente, para entender que lo primero que debe hacer un enfermo, es reconocerse como tal, y eso en la Argentina, debe comenzar desde los trabajadores, no desde las empresas y de los que generan trabajo. Claro, mucho menos del Estado, que no debería ser el principal generador de trabajo, porque cuando ocurre eso, es cuando llegamos a lo que hemos llegado: el supuesto trabajo estatal, se paga con impuestos y no existe país en el mundo con más impuestos que el nuestro, peor distribuidos, inequetitavemente utilizados y cuyo gran objetivo –las provincias más feudales y la de Buenos Aires y sus municipios a la cabeza- encontrando en ese supuesto empleo, la forma de someter a los ciudadanos al miedo electoral. Mala mía, en esta, tampoco acepto debate, es así y punto.
Por eso, el único artículo ausente en todas las leyes, es el de la dignidad. Es el de entender que no necesito un “sindicato” que me defienda, cuando hago lo que corresponde, cuando doy todo lo que debo dar y cuando conozco las cartas con las que juego. Lógico, que ahí también nace la honorabilidad de la otra parte y en ese delicado juego de esfuerzos y premios, anida la verdadera “remuneración” por lo logrado, un producto casi en extinción de una parte y de la otra.
Dignidad, el único artículo que empleadores y empleados, deberían negociar.
Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo


























