Durante meses miré las seis temporadas de la serie y, recientemente, la película que cierra, con “El hombre inmortal”, sobre los “Peaky Blinders”.
Si nuestros oyentes la han visto en una de las plataformas de streaming, cuando escuchan el nombre de los Peaky Blinders, piensan, al igual que yo, en trajes elegantes, gorras con visera, códigos de lealtad y violencia callejera. Pero detrás de la serie y la estética que seduce, existió una realidad mucho más cruda.
Estos grupos que surgieron en Birmingham hacia fines del siglo XIX, en barrios obreros marcados por la pobreza, el hacinamiento y la falta de oportunidades. Eran jóvenes, algunos casi adolescentes, que encontraron en la violencia, el delito y la pertenencia a una banda una forma de identidad y supervivencia.
Su actividad incluía robos, apuestas ilegales, extorsión y control territorial. No eran empresarios del crimen sofisticados, sino pandillas urbanas que imponían respeto en la calle a fuerza de intimidación.
Amén de la serie y de la película -esta última con un tono más patriótico y enmarcado en la Segunda Guerra Mundial-, me vino la pregunta:
¿existen “Peaky Blinders” en la Argentina?
La respuesta, incómoda, es sí… pero no con ese nombre ni con esa estética cinematográfica. En nuestras ciudades también hay grupos -especialmente aquellos dedicados a la droga y a otras cosas non santas- que marcan territorio en barrios vulnerables; ejercen violencia como forma de poder; se financian con economías ilegales y construyen identidad a partir del miedo y la pertenencia. También, convengamos, hay Peaky Blinders en algunos ámbitos oscuros de la política.
Por supuesto que no usan trajes de tres piezas. No tienen el glamour de la ficción. Pero comparten una lógica: jóvenes muchas veces excluidos que encuentran en la violencia una forma de ascenso o supervivencia.
Los “Peaky Blinders” argentinos no se identifican por la ropa; se identifican por señales más profundas como la apropiación del espacio público; la intimidación cotidiana; la naturalización de la violencia; y, sobre todo, la ausencia o la connivencia del Estado -como ha sido en otros momentos de la realidad argentina- donde ellos aparecen.
Entonces, quizás la pregunta no sea si existen,
sino por qué siguen apareciendo. Porque detrás de cada pandilla —en la Birmingham ayer o en la Argentina hoy— hay un mismo origen que tiene que ver con la desigualdad, la falta de oportunidades, fracturas sociales que nadie termina de cerrar, la utilización de esa mano de obra barata por parte de algunos políticos y la lista se hace mucho más larga…
Es aquí donde la historia deja de ser entretenimiento y se vuelve en el espejo donde nos comenzamos a mirar los argentinos.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo


























