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Opinión

¿Estamos repitiendo los ’90?

La estabilidad sin desarrollo es un espejismo. El desarrollo sin estabilidad es inviable. El desafío es hacer convivir ambos.

En la Argentina, me da la sensación de que la historia económica no pasa. Al contrario, vuelve. Y cada vez que regresa, lo hace con nuevos nombres, nuevos protagonistas y viejas tentaciones. La pregunta que muchos nos hacemos hoy es inevitable: ¿estamos viviendo un déjà vu de la década del ’90?

Los paralelismos a veces inquietan. A comienzos de los años noventa, bajo la presidencia de Carlos Menem y con el plan de convertibilidad impulsado por Domingo Cavallo, la Argentina encontró una estabilidad cambiaria que parecía mágica: un peso, un dólar. La inflación desapareció casi de un plumazo y el consumo explotó. Viajar al exterior, importar bienes, financiarse en moneda extranjera parecía posible.

Pero la estabilidad nominal escondía fragilidades estructurales. El tipo de cambio fijo encareció la producción local, se profundizó el déficit externo, aumentó el endeudamiento y la economía se volvió cada vez más dependiente del financiamiento internacional. El país terminó en una profunda crisis, recesión prolongada y el colapso institucional del 2001, con consecuencias que aun seguimos pagando…

Hoy no estamos en la convertibilidad, pero sí en una economía que vuelve a debatirse entre anclar expectativas con el dólar, abrir importaciones para disciplinar precios y apostar a que el mercado financiero compense las debilidades productivas. Sin embargo, repetir recetas sin resolver los problemas de fondo es una forma elegante de procrastinar el futuro.

La gran lección de los ’90 no es que la estabilidad sea mala. Todo lo contrario; la estabilidad es indispensable, pero no alcanza. La estabilidad macroeconómica debe ser condición necesaria, pero nunca suficiente. Si no viene acompañada de competitividad sistémica, desarrollo productivo, diversificación exportadora y fortalecimiento institucional, termina siendo una ilusión cara.

En primer lugar, debemos entender que el equilibrio fiscal no es negociable, pero tampoco es el único objetivo. También, se debería evitar el atraso cambiario como herramienta política. Tal cual se viene señalando, hay que construir una estrategia de desarrollo integrada en cadenas de valor que generen empleo y tecnología local.

Además de lo señalado, es imprescindible fortalecer las instituciones. La previsibilidad no surge solo de un tipo de cambio fijo o de una ley económica, sino de reglas claras, cumplimiento contractual y consensos básicos que trasciendan los gobiernos.

Nuestro país no está condenado a repetir los ’90; pero tampoco está inmunizado contra esos errores. El verdadero déjà vu no es económico; más bien es cultural. Los dirigentes políticos y también nosotros tenemos una tendencia a enamorarnos de soluciones rápidas y a subestimar las restricciones estructurales.

La estabilidad sin desarrollo es un espejismo. El desarrollo sin estabilidad es inviable. El desafío es hacer convivir ambos.

Convengamos que en nuestra Argentina la historia no se repite exactamente, pero rima. Depende de nosotros decidir si esa rima será armónica o volverá a sonar como advertencia.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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