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Opinión

Volver a la Luna

En el fondo, necesitamos creer que podemos ir más lejos porque no todo está descubierto. Porque cuando una puerta se abre al conocimiento, otras más nos están esperando para ser abiertas.

Para aquellos que ya estamos transitando siete décadas hubo un tiempo en que mirar al cielo no era un acto distraído, sino una manera de participar en la historia. Recuerdo que tenía 9 años en 1965, cuando dos astronautas norteamericanos a bordo de la Géminis 5 probaron que se podía ir a la Luna y volver. Para mí fue muy emocionante ese hecho, porque ese viaje duró casi 8 días, algo que no se había concretado por entonces…

Para quienes durante nuestra niñez y la adolescencia fuimos testigos de vuelos tripulados a la Luna, cada lanzamiento era un acontecimiento casi mágico.

Otro hecho que palpité fue la llegada del hombre a la Luna, en 1969, y que luego pude plasmar en una maqueta junto a unas compañeras, en una clase de Geografía de primer año del secundario. Cuatro años después, debido a los costos de la denominada “guerra fría” y a la pérdida de interés, la Luna volvió a ser, nuevamente, un símbolo lejano y poético. Sin embargo, para mí, se volvió cercana. Siempre sentí que era algo inmenso y que, a partir de entonces, los límites ya no existirían para la humanidad.

Ahora, cincuenta años después, Artemis II ya está volando a la Luna, y nos invita a volver. Por supuesto que el corazón ya no late igual que el de aquel niño de 9 años que seguía las alternativas de las primeras misiones por el diario o los noticieros de la radio. Hoy vivimos rodeados de imágenes nítidas, de transmisiones instantáneas e información constante. Ya no hay espera ni misterio, ni ese silencio cargado de expectativa.  Hoy, en la velocidad de los acontecimientos algo se pierde.

No obstante, en el fondo, necesitamos creer que podemos ir más lejos porque no todo está descubierto. Porque cuando una puerta se abre al conocimiento, otras más nos están esperando para ser abiertas.

Al ponerse en marcha el cohete que lleva la cápsula que circundará la Luna ya no hubo una única voz narrando el momento; pero cuando el fuego volvió a encenderse bajo el cohete y la cuenta regresiva llegó a cero, algo volvió a despertar en mí. Por un instante, breve pero intenso, sentí que volvía a ser ese niño que en las noches saavedrenses miraba la Luna, sintiendo que, de alguna manera, también estaba viajando en espíritu hacia ella…

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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