Cumplir años siempre fue un deporte extremo, pero cumplir 70 el pasado 12 de febrero, ya es otra cosa. No se trata simplemente de una cifra, sino un cambio de década, una mudanza simbólica, como pasar de un departamento sin escalera y descubrir que el ascensor anda cuando quiere.
A los 70 no se “cumple años”; se acredita experiencia. No se envejece, se acumula anecdotario. Cada arruga es una nota al pie, cada cana una fe de erratas de la juventud, y si el cuerpo cruje, no es que esté roto, sino que viene con sonido envolvente; además de algunos recordatorios físicos que se hacen notar. Lumbalgias, diabetes u otros achaques vienen apareciendo sin pedir permiso, como para avisar que el cuerpo también tiene memoria.
Durante décadas nos dijeron que los 70 eran “la tercera edad”. Mentira piadosa. La tercera edad empieza cuando uno deja de tener curiosidad, ganas de reírse o de discutir por pavadas. Mientras eso no pase, lo demás es pura estadística.
A esta altura de mi modelo de carcasa, por ejemplo, uno descubre un superpoder extraordinario. Hablo de la sinceridad sin anestesia. Ya no hay tiempo para sonreír por compromiso ni para opinar sobre lo que queda bien. Si algo gusta, se dice. Y si no gusta, también… pero con elegancia, porque los años no quitan la educación.
El cumpleaños número 70 no viene solo, sino que viene acompañado de frases nuevas. “Antes esto lo hacía sin problema”, “el médico me dijo que…” y “no es caro, es de buena calidad”. El vocabulario cambia, el botiquín crece un poco, pero el espíritu -si uno lo cuida- sigue haciendo travesuras.
También aparece una necesidad hermosa, la de reencontrarnos con los amigos de la infancia y de la juventud, esos que están desparramados por la geografía local, nacional o mundial. Volver a verlos, aunque sea de vez en cuando, tiene algo reparador. Esto nos permite no solo recordar quiénes fuimos, sino reconocer quiénes seguimos siendo. Esos encuentros ayudan, sin darnos cuenta, a reencontrarnos con nosotros mismos.
También está la mirada ajena. Algunos nos tratan como sabios ancestrales, otros como reliquia de museo. A los 70 no somos gurúes ni fósiles; somos testigos de un mundo que cambió en forma acelerada y que con él nos fuimos transformando, evolucionando…
Lo bueno de esta década es que ya no hay que demostrar nada. El currículum está cerrado, el personaje está definido y la impostura cansa. Es tiempo de elegir con quién estar, qué leer, qué callar y qué decir, aunque incomode un poco.
¿Hay nostalgia? Claro que sí. Pero no paraliza, acompaña. Es una nostalgia con mate o café, que se sienta al lado y no molesta. Y también hay gratitud, que llega sin hacer ruido. Gratitud por los que están, por los que estuvieron y por uno mismo, que no siempre la tuve fácil y aun así seguí.
Cumplir 70 no es llegar a la meta, sino entender el recorrido y saber que el tiempo no se pierde. Al contrario, se vive. También, que cada día que empieza sigue siendo, todavía, una página en blanco… aunque ahora la letra sea de mayor tamaño.
Así llegue a los setenta años. No es poco. No es nada. Es lo que hay. Solo créanme, no está nada mal.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo


























