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El alma que Córdoba no negocia

Córdoba es festivalera por naturaleza. Y no por moda, sino por historia. Mientras haya un pueblo dispuesto a organizar su fiesta, la cultura popular va a seguir latiendo fuerte.

Hace 24 horas que finalizó el 37° Festival de Doma y Folclore aquí, en Río de los Sauces. No es el único del interior de la provincia mediterránea, porque hablar de los festivales de doma y folklore en la provincia de Córdoba es hablar de algo que va mucho más allá de un escenario, de una jineteada o de una noche de música. Es hablar de una identidad colectiva que se expresa, se celebra y se defiende año tras año, incluso en contextos difíciles.

Porque en Córdoba, la doma y el folklore no son una postal para turistas, sino que son parte del pulso cotidiano del interior. Desde Jesús María hasta Laborde, desde Villa María hasta los pueblos más chicos donde el festival se organiza a pulmón, estas fiestas populares funcionan como verdaderos puntos de encuentro. Allí se cruzan generaciones, historias familiares, saberes del campo y expresiones culturales que no se aprenden en los libros, sino en la experiencia compartida.

Cada festival es una ceremonia. Arranca mucho antes de que se prendan las luces del escenario y termina bastante después del último aplauso. Hay meses de trabajo previo, de instituciones que se organizan, de vecinos que colaboran, de peñas, de clubes, cooperadoras y escuelas que encuentran en estos eventos una fuente de recursos indispensable. Por eso, cuando hablamos de festivales, también hablamos de economía regional, de empleo, de turismo y de desarrollo local.

Pero hay algo todavía más profundo y que es el sentido de pertenencia. La doma no es solo una competencia; es una práctica ligada al trabajo rural, a la relación histórica entre el hombre y el caballo. El folklore no es solo música; es una forma de contar quiénes somos, qué nos duele, qué celebramos y qué soñamos. En cada chacarera, en cada zamba, en cada payada improvisada, hay un relato que sigue vivo.

Es cierto que los tiempos cambian y que hay debates, miradas críticas y discusiones necesarias. Las tradiciones no son estáticas, no están congeladas en el pasado. Al contrario, se transforman, se adaptan, se revisan, y eso también forma parte de una cultura sana y viva. Pero revisar no es negar, y debatir no es borrar. Defender estas fiestas populares es defender la posibilidad de pensarlas con respeto, desde el conocimiento y no desde el prejuicio.

En una época donde todo parece rápido, descartable y fugaz, los festivales de doma y folklore nos proponen otra lógica. Es la lógica del encuentro cara a cara, la de la mesa compartida, la del mate que pasa de mano en mano, la del aplauso sincero al artista local y al jinete que deja todo en el campo.

Córdoba es festivalera por naturaleza. Y no por moda, sino por historia. Mientras haya un pueblo dispuesto a organizar su fiesta, un cantor que se anime a subir al escenario y una familia que viaje kilómetros para estar presente, la cultura popular va a seguir latiendo fuerte, con identidad y con orgullo.

Porque al final, cuidar los festivales no es mirar para atrás; sino es asegurarnos de saber quiénes somos para poder seguir caminando hacia adelante.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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