Vivimos en un mundo atravesado por una palabra que ya no asusta porque se volvió cotidiana: incertidumbre. Nada parece firme por demasiado tiempo o como siempre digo: “vivimos en un mundo de baldosas flojas”. Conflictos armados que se prolongan sin salida clara, tensiones entre potencias, economías que crecen un día y se enfrían al siguiente, avances tecnológicos que prometen soluciones, pero también generan nuevos miedos.
En ese escenario global tan inestable, cabe preguntarse: ¿dónde estamos parados los argentinos?
Mientras en muchos países la incertidumbre aparece como una novedad inquietante, para nosotros es casi una condición permanente. Acá la inestabilidad no es una crisis puntual; es parte del paisaje. Cambian las reglas, cambian las expectativas. Vivimos planificando a corto plazo, recalculando, aprendiendo a sobrevivir en un contexto que rara vez da certezas. Pero eso no significa que lo que pasa afuera no nos afecte.
La incertidumbre mundial golpea de lleno en una economía como la nuestra, frágil y dependiente. Se siente cuando sube el precio de los alimentos, cuando se encarece la energía, cuando se retraen las inversiones o cuando el comercio internacional se vuelve más cerrado y competitivo. Decisiones que se toman en las antípodas terminan impactando en la góndola del supermercado del barrio.
Mientras tanto, en nuestro mundo “argento” seguimos librando nuestras propias batallas internas. Discutimos modelos económicos, liderazgos políticos, prioridades sociales, reformas laborales. Intentamos ordenar lo macro mientras lo cotidiano se vuelve cada vez más desafiante. Es como correr una carrera en bicicleta cuesta arriba, con viento en contra y el terreno cambiando a cada paso.
Hay una sensación extendida de cansancio. Cansancio de promesas, de diagnósticos repetidos, de ajustes que siempre parecen caer sobre los mismos. También hay miedo. Miedo a perder lo poco que se tiene, a que el futuro sea más incierto que el presente, a que el esfuerzo no alcance.
Sin embargo, si algo nos define a los argentinos es la capacidad de adaptación. Nos reinventamos una y otra vez. Emprendemos, migramos, volvemos a empezar. Transformamos la crisis en rutina y la rutina en estrategia de supervivencia. A veces con creatividad admirable; otras, pagando un costo emocional enorme.
El problema es cuando esa resiliencia se vuelve resignación. Cuando naturalizamos que todo sea incierto, que nada dure, que no se pueda planificar más allá de mañana. Porque una cosa es resistir y otra muy distinta es construir.
En este mundo incierto, Argentina no está aislada. Comparte problemas con otros países, pero también arrastra debilidades propias que amplifican los golpes externos. Por eso el desafío no es solo económico; también es político, social y cultural. Tiene que ver con recuperar algún grado de previsibilidad, de confianza, de horizonte común.
Tal vez la gran pregunta no sea solo cómo sobrevivimos en un mundo de baldosas flojas, sino qué hacemos con eso. Si seguimos reaccionando a los golpes o si empezamos, de una vez, a pensar un rumbo que no dependa exclusivamente del caos global ni de la improvisación local.
Porque el mundo puede seguir siendo inestable y eso no está en nuestras manos. Pero la forma en que Argentina se plante frente a esa incertidumbre sí lo está. Y ahí, como tantas veces en nuestra historia, se juega algo más que la economía; se juega la posibilidad de un futuro un poco menos frágil y un poco más propio.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo


























