La tuberculosis bovina continúa presente en los rodeos y su detección no siempre resulta sencilla. El doctor Ignacio Álvarez, del Laboratorio Diagnóstico Álvarez de Bahía Blanca, explicó en Mañanas de Campo las dificultades del diagnóstico, la importancia de eliminar rápidamente los animales positivos y la necesidad de ajustar los planes sanitarios a cada establecimiento.
La tuberculosis bovina es una enfermedad conocida desde hace décadas, pero que todavía representa un desafío sanitario para los sistemas productivos. Su carácter crónico, la ausencia de signos clínicos evidentes en buena parte de los animales infectados y las limitaciones propias de las herramientas diagnósticas hacen que pueda permanecer durante años dentro de un rodeo sin ser detectada.
A esto se suma una característica que le otorga una importancia adicional: es una zoonosis, es decir, una enfermedad que puede transmitirse de los animales a las personas. El riesgo adquiere especial relevancia para quienes mantienen un contacto estrecho con el ganado, como productores, trabajadores rurales, tamberos, veterinarios y personal de frigoríficos.
Para el Dr Álvarez, la tuberculosis continúa circulando y su presencia puede estar subdiagnosticada en determinados sistemas productivos.
Una enfermedad silenciosa y un diagnóstico que requiere precisión
La principal herramienta para detectar tuberculosis en animales vivos continúa siendo la prueba de la tuberculina. El procedimiento requiere inocular intradérmicamente una pequeña cantidad de PPD y realizar una nueva evaluación a las 72 horas. En Argentina, habitualmente se utiliza el pliegue ano-caudal.
A diferencia de otros análisis sanitarios que pueden resolverse mediante una extracción de sangre, la tuberculina exige organización, identificación precisa de los animales, dos movimientos por la manga y una lectura rigurosa en el momento indicado.
Álvarez remarcó que, aun siendo una herramienta de gran utilidad, ninguna técnica diagnóstica tiene una sensibilidad del 100%. Según explicó, la sensibilidad de la tuberculina puede ubicarse aproximadamente entre el 70% y el 85%, dependiendo de factores como la etapa de la infección, el estado inmunitario del animal, la correcta aplicación de la técnica y la interpretación de la reacción.
Pero existe además un problema central: muchos animales infectados no muestran signos clínicos.

“Es una enfermedad crónica, de evolución lenta, que puede permanecer años dentro del rodeo sin que el animal parezca enfermo.”
Por eso, esperar la aparición de tos, pérdida de peso o disminución de la producción implica llegar demasiado tarde. Cuando esos signos aparecen, la situación epidemiológica del establecimiento puede estar ya muy comprometida.
Otro punto sobre el que Álvarez puso especial énfasis fue un concepto que todavía circula en el campo: asociar una reacción grande a una enfermedad más grave y una reacción pequeña a un animal menos comprometido.
“El tamaño de la reacción que nosotros vemos no es proporcional al estado de la enfermedad.”
El especialista explicó que puede existir una reacción pequeña y, sin embargo, encontrarse un animal con lesiones importantes internamente. Por eso, una vez que el veterinario determina que un animal es positivo, el tamaño de la reacción no debe utilizarse como criterio para relativizar el diagnóstico.
El desafío no termina con detectar al positivo
La complejidad del saneamiento aparece con mayor claridad después del diagnóstico. Eliminar los animales positivos es una de las principales herramientas para cortar la circulación de la enfermedad, pero también es uno de los puntos más difíciles de llevar adelante en la práctica productiva.
Álvarez explicó que pueden aparecer nuevos reaccionantes después de una ronda de tuberculina sin que eso necesariamente signifique que la prueba anterior haya fallado. Algunos animales pueden encontrarse en una etapa temprana de infección y todavía no haber desarrollado una respuesta inmunitaria detectable. También pueden existir animales con infecciones avanzadas en los que la respuesta inmunitaria disminuye y dificulta su detección.
A esto se agrega una situación todavía más sencilla: los animales pueden infectarse entre una ronda de tuberculina y la siguiente.
Por eso, mantener durante semanas o meses a un animal positivo dentro del establecimiento significa prolongar una fuente potencial de infección para el resto del rodeo.
“Una de las principales claves del saneamiento es eliminar rápidamente a los animales positivos.”
El especialista reconoció que llevar este concepto a la práctica no siempre resulta sencillo, especialmente cuando la eliminación implica desprenderse de un porcentaje importante de los animales productivos. Sin embargo, advirtió que lo que comienza como un 2% o 3% de positivos puede transformarse en un 6%, 10%, 13% o incluso alcanzar situaciones cercanas al 30%, donde el saneamiento puede tornarse mucho más complejo y económicamente inviable.
En ese contexto, planteó la necesidad de que productores y veterinarios no se limiten únicamente al cumplimiento de los requisitos mínimos, sino que diseñen estrategias sanitarias específicas para cada establecimiento.
“Le hace falta una vuelta de tuerca al saneamiento o a la reglamentación de parte de SENASA si realmente se quiere combatir la enfermedad”, sostuvo Álvarez, al remarcar que en rodeos infectados puede ser necesario aumentar la frecuencia de las pruebas, incorporar herramientas complementarias y prestar especial atención a la recría.
El especialista mencionó, entre esas herramientas complementarias, la utilización de técnicas de laboratorio como ELISA para la detección de anticuerpos. No reemplazan a la tuberculina ni constituyen actualmente una prueba oficial sustitutiva, pero pueden aportar información adicional y ayudar a acelerar determinados procesos de saneamiento.
El abordaje, además, debe contemplar las características de cada sistema. “No es igual un tambo con uno o dos animales positivos que otro con un 20% o 30% de reaccionantes. Tampoco es comparable con un establecimiento de cría donde existe un ingreso permanente de animales”, explicó.
Por eso, Álvarez resumió el manejo en cuatro grandes pilares: controlar los ingresos, prestar especial atención a la recría, establecer junto con el veterinario una frecuencia adecuada de diagnóstico y eliminar lo antes posible los animales positivos.
En los tambos, además, señaló la importancia de evitar el suministro de leche cruda proveniente de vacas sospechosas o positivas a los terneros y considerar alternativas como sustitutos lácteos o leche correctamente tratada.
La conclusión, en definitiva, se aleja de cualquier solución rápida. La tuberculosis bovina puede ser erradicada, pero requiere tiempo, seguimiento y disciplina sanitaria.
“Erradicar la tuberculosis no es imposible, pero tampoco es inmediato.”
Para Álvarez, el camino pasa por la constancia, la correcta realización de las pruebas, la identificación individual de los animales, el registro de la información y, fundamentalmente, un trabajo conjunto entre productor y veterinario sostenido durante varios años.
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