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Una generación bisagra

Los Baby Boomers no solo vimos cambiar el mundo. Tuvimos el privilegio de recorrer el puente entre dos épocas y de comprender el valor de ambas.

Hubo generaciones que nacieron en medio de las revoluciones y otras que las protagonizaron. La nuestra, la de los Baby Boomers, tuvo el privilegio de vivir algo distinto, es decir, descubrir el mundo a un ritmo que hoy parece casi imposible de imaginar.

Nuestra infancia transcurrió en un tiempo en el que los cambios llegaban despacio. Las novedades no irrumpían de un día para otro para transformar nuestras costumbres. A veces tardaban años en instalarse en la vida cotidiana, y eso nos permitió crecer sin la permanente sensación de que todo estaba cambiando.

La infancia tenía otro compás. Estaba hecha de juegos en la calle hasta que caía la tarde, de bicicletas a pedal, sin GPS y sin carga eléctrica, de encuentros cara a cara, de sobremesas interminables y de largas conversaciones familiares. Aprendíamos mirando, escuchando y compartiendo. Nos asombrábamos con cosas sencillas, porque todavía existía el tiempo para detenerse y descubrir.

No significa que la vida fuera más fácil. Cada época tiene sus propios desafíos, sus incertidumbres y sus dificultades. También nosotros atravesamos crisis, cambios sociales y momentos complejos. Pero había una diferencia fundamental, ya que el tiempo parecía concedernos el espacio necesario para crecer, equivocarnos y aprender sin la presión constante de la inmediatez.

Quizás por eso hoy podemos mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con confianza. Porque además tuvimos la suerte de convertirnos en una generación bisagra.

Sin duda, fuimos testigos del mundo analógico y protagonistas de la revolución digital. Conocimos las cartas escritas a mano y los mensajes instantáneos; los discos de vinilo, los cassetes y los servicios de música en línea; las máquinas de escribir y las computadoras; el teléfono fijo y los teléfonos inteligentes; las bibliotecas y diccionarios como única fuente de consulta y, más tarde, el inmenso universo de Internet.

Lejos de quedar al margen, aprendimos, nos adaptamos, descubrimos que nunca es tarde para incorporar nuevas herramientas cuando existe curiosidad y voluntad de seguir creciendo.

Esa condición de generación bisagra nos regaló una perspectiva única. Sabemos lo que significa esperar y también disfrutar de la velocidad. Valoramos el encuentro personal sin renunciar a las ventajas de la tecnología. Entendemos que el progreso no consiste en reemplazar el pasado, sino en construir el futuro sobre las experiencias que nos formaron.

Tal vez ese sea nuestro mayor legado, ya que podemos demostrar que se puede abrazar el cambio sin olvidar de dónde venimos; que la innovación tiene más sentido cuando conserva algo de la humanidad que nos enseñaron aquellos años más pausados.

Al fin y al cabo, los Baby Boomers no solo vimos cambiar el mundo. Tuvimos el privilegio de recorrer el puente entre dos épocas y de comprender el valor de ambas. Y esa experiencia, más que un motivo de nostalgia es una invitación a mirar el futuro con serenidad, convencidos de que cada generación aporta algo valioso a la historia común.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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