Hay una pregunta que, tarde o temprano, todos nos hacemos. No siempre con palabras, a veces con el cuerpo, con el cansancio, con un diálogo o con el silencio: ¿Dónde me siento en paz? ¿Dónde puedo ser libre?
No hablo de un lugar en el mapa. No necesariamente. Hablo de “un lugar en el mundo”. Ese espacio —físico o simbólico— donde no hace falta fingir, donde el aire pesa menos y el tiempo corre distinto.
Para algunos será una casa o un pueblo. Para otros, una plaza, una esquina del barrio, una mesa familiar. Para muchos, una persona. Y para otros, un sueño aún en construcción.
Vivimos en un mundo acelerado que empuja, que exige. Un mundo que nos pide resultados, respuestas rápidas, versiones editadas de nosotros mismos. Y, en medio de ese ruido, tener un lugar propio es casi un acto de resistencia y rebeldía.
Porque ese lugar no juzga; no mide; no apura. Es el lugar donde uno puede fallar sin miedo. Donde el silencio no incomoda y donde la libertad no es un discurso, sino una sensación.
Tener un lugar en el mundo no es escapar de la realidad, sino es tener una referencia desde dónde volver a ella. También es el punto de apoyo para levantarnos cuando todo se desordena o se desmorona. Es el ancla que nos mantiene firmes cuando el viento sopla fuerte.
Cuidado. Ese lugar no siempre está dado. A veces hay que buscarlo o hay que construirlo. Y otras, hay que animarse a defenderlo, incluso de quienes no lo entienden. Porque cuando uno pierde ese lugar, se pierde un poco a sí mismo. Y cuando se lo encuentra algo se acomoda por dentro.
Tal vez la verdadera pregunta no sea dónde vivimos, sino dónde descansamos siendo quienes somos.
Mi deseo para este 2026 es que ojalá todos tengamos, o estemos yendo hacia ese lugar en el mundo. Ese lugar donde la paz no se explica, sino que se siente.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo


























