En el marco de la última Jornada de Cebada realizada en Orense, una de las herramientas que más miradas y preguntas concentró fue el denominado destructor de semillas de malezas, una tecnología desarrollada en Australia y presentada para el mercado argentino por Juan Martín Giustetti.
La propuesta apunta a intervenir en uno de los momentos más sensibles del sistema productivo: la cosecha. Allí, donde muchas malezas vuelven a sembrarse lote tras lote a través de la propia cosechadora, el destructor busca cortar el ciclo mediante la destrucción mecánica de las semillas antes de que regresen al suelo.
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Una respuesta a un problema creciente
Según explicó Giustetti, el origen de esta tecnología se remonta a la década del 80 en Australia, cuando la resistencia a herbicidas —especialmente en raygrass— obligó a buscar alternativas al control químico tradicional. “La idea fue atacar la semilla de la maleza en el momento de la cosecha, cuando todavía está en la máquina”, explicó.
El sistema se monta en la cola de la cosechadora, reemplazando el sacapaja por un conjunto de picador y destructor. Mientras la paja es procesada y distribuida homogéneamente, todo el material fino proveniente de las zarandas —donde se alojan las semillas de malezas— pasa por el destructor, que logra una efectividad de entre el 95 y el 98%.
Cómo funciona la tecnología
El equipo cuenta con dos molinos que giran a unas 3.000 revoluciones por minuto, con cinco cilindros que impactan reiteradamente sobre el material. Ese proceso no solo rompe la semilla, sino que la desvitaliza, impidiendo su germinación. En muchos casos, la semilla directamente se pulveriza.
“El sistema procesa tanto la semilla de maleza como la del cultivo, por lo que no hay pérdidas. Todo se destruye y luego se distribuye de manera homogénea en el lote”, detalló Giustetti.
La tecnología es adaptable a todas las marcas de cosechadoras, aunque requiere máquinas de clase 7 en adelante, debido a su demanda de potencia, estimada entre 50 y 70 caballos adicionales cuando el equipo está en funcionamiento.
Beneficios… y puntos a discutir
Entre los principales beneficios, el destructor apunta a reducir el banco de semillas en el suelo, lo que se traduce en un ahorro progresivo en herbicidas, estimado entre un 15 y 20% anual, además de una mejora en la eficiencia de los tratamientos y en la performance del cultivo, al disminuir la competencia.
Desde el punto de vista ambiental, la reducción en el uso de agroquímicos aparece como otro de los argumentos fuertes, especialmente en regiones con alta presión de malezas resistentes.
Sin embargo, la herramienta no está exenta de debate. Requiere una inversión inicial -alrededor de los 100 mil U$-, implica un incremento de consumo de combustible cercano al 10% cuando está en uso y demanda máquinas de mayor porte. “No hace milagros”, aclaró Giustetti, y remarcó que el enfoque correcto es el de manejo integrado, combinando herbicidas y destrucción mecánica.
Una tecnología en etapa inicial en Argentina
En Australia, siete de cada diez cosechadoras ya salen equipadas con este sistema, en un mercado mucho más maduro. En Argentina, la tecnología comienza ahora su etapa comercial, con los primeros equipos ya montados y en funcionamiento.
“La adopción va a ser progresiva, pero entendemos que es una herramienta que llegó para quedarse, sobre todo en un contexto donde las malezas resistentes son cada vez más un problema”, concluyó Giustetti.
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