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Opinión

Quórum de Contracturas

Uno creía que la columna estaba para sostener, para dar estabilidad, para permitir avanzar. En cambio, la mía decidió representar el caos, la disputa, el tire y afloje permanente.

Si bien hay mucha tela para cortar acerca del Gobierno y de la oposición, hoy quiero volver a hablar de lo que me pasa en algunas mañanas en las que algunas partes de mi cuerpo se declaran en sesión permanente.

Así estoy yo, con esta lumbalgia que ya no es una dolencia sino un sistema político completo, con bancas ocupadas por L2, L3, L4 y L5, que lejos de sostener la república del cuerpo, se han transformado en un Congreso vertebral donde el quórum duele y las mayorías se consiguen a puro espasmo y dolor.

Mi columna ya no es una estructura; es un recinto. Hay ruido de fondo. Crujen los discos como micrófonos mal apagados, y cada protrusión es un legislador exaltado que pide la palabra para interrumpir el orden del movimiento. La derecha empuja, la izquierda resiste, y en el medio estoy yo, que soy algo así como el ciudadano rehén de una interna sin solución de continuidad.

El problema no es que haya dolor, sino que hay debate. Un debate áspero, interminable, donde cada vértebra tiene su propio bloque y ninguna está dispuesta a ceder un milímetro para lograr la gobernabilidad. L2 se cree moderada, pero cuando se irrita convoca a sesiones extraordinarias sin previo aviso. L3 es más ideológica, pues le gusta marcar postura, rígida, inflexible, incapaz de negociar ni una inclinación leve. L4, en cambio, es oportunista, ya que aparece cuando menos se la espera y te clava un dolor punzante que parece una moción sorpresiva. Y la L5 directamente es la oposición permanente, porque todo le parece mal, todo lo bloquea, todo lo lleva al extremo.

Así, cada intento de agacharme es una votación dividida. Cada giro del torso, una interpelación. Y ni hablar de levantar peso o de levantarme rápidamente de la cama, porque eso ya es una crisis institucional. El cuerpo pide consenso, pero la columna responde con chicanas. No hay fisioterapia que alcance cuando el conflicto es estructural y la grieta, en este caso, es perfectamente visible en la resonancia.

Como en todo Congreso que se precie de tal, abundan las promesas de alivio que nunca se cumplen. Me piden que elongue, que descanse, que vaya al quiropráctico y al gimnasio. Todos discursos de campaña que duran lo que dura el efecto de un analgésico. Después, vuelve la realidad, esa una puja constante por ver qué lado duele más, como si el sufrimiento tuviera ideología.

Uno creía que la columna estaba para sostener, para dar estabilidad, para permitir avanzar. En cambio, la mía decidió representar el caos, la disputa, el tire y afloje permanente. Un verdadero nido de gatos, donde nadie se pone de acuerdo, pero todos dejan su marca en forma de contractura.

Así que aquí estoy, gobernado por una coalición de vértebras insurrectas, tratando de mantener la compostura mientras mi propio cuerpo debate su futuro sin consultarme. Y aunque suene exagerado, empiezo a sospechar que en este Congreso lumbar no hay reforma posible, sino apenas parches, sesiones calientes y algún que otro cuarto intermedio cuando el dolor, por pura fatiga democrática, decide tomarse un respiro.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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