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Aquellos días sin escuela

Y tal vez escribir sea eso, es decir, rescatar esas pequeñas escenas antes de que el tiempo termine de borrarlas. Porque en la memoria de un niño puede esconderse, sin saberlo, una parte de la memoria de un país.

Escribir una autobiografía es, muchas veces, volver a conversar con el niño que uno fue. No para corregirlo, ni para explicarle el mundo con la soberbia de los años, sino para escucharlo otra vez. En estos días estoy escribiendo recuerdos de mi niñez para mis nietos, intentando dejarles no solo nombres y fechas, sino también emociones, pequeñas escenas y silencios que ayudaron a formar mi manera de mirar la vida.

Mientras avanzo en esas páginas, descubro que la memoria tiene mecanismos extraños. Hay episodios enormes que se desdibujan y, en cambio, sobreviven intactos detalles mínimos; por ejemplo, una voz de la radio, una mirada de mis padres, una mañana sin escuela. Y entre esos recuerdos volvió a mí una escena que hoy, con los años encima, entiendo de un modo muy distinto al de entonces.

Hay recuerdos que llegan sin pedir permiso. No golpean la puerta, sino que se filtran por alguna hendija de la memoria y se instalan, como si siempre hubieran estado ahí. Así vuelven a mí aquellos años de la niñez, cuando el país parecía moverse bajo nuestros pies y yo, demasiado chico para entender, medía los acontecimientos con la vara más simple que tenía a mano: si había o no clases.

El lunes 26 de marzo de 1962 amaneció distinto. Lo supe por la radio y por ese murmullo espeso que reemplazaba a la rutina. No había apuro, no había guardapolvo planchado sobre la silla, no había el ritual de la mañana escolar. Recuerdo haber sentido una alegría inmediata, casi automática porque no iría a la escuela. Era, para mí, una suerte de regalo inesperado. Con el correr de las horas y escuchando por radio supe que ese día había sido derrocado el presidente de la Nación, Arturo Frondizi.

Pero la casa contaba otra historia. Mis padres y mi bisabuela Paula no compartían mi entusiasmo. Se miraban de una manera que yo no entendía, como si dijeran cosas sin hablar. Había en el aire una incomodidad que no lograba entender, pero que se sentía en cada rincón. Yo jugaba, sí, pero cada tanto levantaba la vista, buscando alguna señal que me explicara ese cambio de clima.

Cuatro años después, el martes 28 de junio de 1966, la escena se repitió con inquietante similitud. Otra vez no hubo clases. Otra vez la alegría infantil se asomó primero. Y otra vez, en contraste, el silencio de los adultos se hizo más denso. Ese día cayó un nuevo presidente de la Nación, el doctor Arturo Illia. Para mí, entonces, era apenas otro día sin escuela; para mis padres, era la confirmación de que algo profundo y doloroso se quebraba. Con el correr de los años, un día mi papá me dijo una frase que jamás olvidé: “Don Arturo Illia fue el presidente más honesto que tuvimos en el país”.

Con el tiempo comprendí que aquellos “días libres” no eran un descanso sino una interrupción brusca de la normalidad democrática. Eran la evidencia de un país que no lograba sostenerse en pie sin sobresaltos, donde la democracia se podía apagar de un momento a otro, como una luz que alguien decide cortar.

Quizás por eso escribo estas memorias para mis nietos. Porque las infancias no transcurren aisladas de la historia. Aunque los chicos no entiendan del todo lo que sucede, perciben los cambios de ánimo, las preocupaciones, los silencios de los adultos. La historia grande también se mete en las cocinas familiares, en las radios encendidas y en los guardapolvos que quedan colgados detrás de una puerta.

Y tal vez escribir sea eso, es decir, rescatar esas pequeñas escenas antes de que el tiempo termine de borrarlas. Porque en la memoria de un niño puede esconderse, sin saberlo, una parte de la memoria de un país.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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