Nació en 1976 para resolver un problema del sudoeste semiárido y terminó convirtiéndose en una referencia nacional en mejoramiento genético. A horas de haber cumplir medio siglo, el Criadero de Semillas de ACA Cabildo repasa una historia de innovación, trabajo silencioso y una misma pregunta que sigue vigente: cómo hacer que cada nueva semilla sea mejor que la anterior.
Hay historias que empiezan con una gran idea y otras que empiezan con una necesidad. La del Criadero de Semillas de ACA Cabildo nació de las dos.
Corría 1976 y el sudoeste bonaerense convivía con una limitante que parecía estructural: faltaban variedades de cereales capaces de expresar su potencial bajo condiciones de clima semiárido. En ese escenario, la Asociación de Cooperativas Argentinas tomó una decisión que con el tiempo terminaría excediendo cualquier objetivo inicial: crear un espacio dedicado al mejoramiento genético.
Cinco décadas después, aquel proyecto que comenzó entre parcelas experimentales, trabajo artesanal y tierras cedidas por familias de la zona, llegó a sus 50 años convertido en uno de los actores que ayudaron a escribir parte de la historia del trigo argentino.
Hoy, el criadero se prepara para una celebración íntima —entre quienes sostienen el trabajo cotidiano y quienes estuvieron desde el origen— y proyecta un encuentro más amplio hacia la próxima campaña.
En diálogo con Mañanas de Campo, el ingeniero Leandro Ortis, director del Criadero de Semillas de ACA Cabildo, repasó el presente del cultivo, pero sobre todo el recorrido tecnológico que permitió pasar de seleccionar plantas a ojo a leer el ADN para desarrollar nuevas variedades.

De un problema regional a una transformación que llegó a todo el país
José Luis Ibaldi, es parte de esa historia, por eso a la hora de la entrevista, conoce al detalle, muchos de los días vividos en el criadero.
–En estos 50 años que están pasando en el criadero, de aquella azada, aquel rastrillo y aquella pala para puntear… hoy están sacando trigo con biotecnología…
Leandro Ortis sonríe antes de responder. Porque detrás de esa pregunta hay medio siglo de trabajo condensado.
“Si uno piensa en lo que fue investigación e inversiones a lo largo de estos 50 años, realmente hace 50 años no imaginaba muchas de las tecnologías que hoy están disponibles para asistir al mejoramiento genético”.
Durante décadas, explica, el desarrollo de una variedad se apoyaba casi exclusivamente en el trabajo a campo.
Se sembraban miles de materiales, se observaba comportamiento agronómico, adaptación, tolerancia a enfermedades, rendimiento y calidad. Había experiencia, criterio técnico y años de seguimiento.
Cada avance dependía de mirar, comparar y volver a sembrar.
Y así nació buena parte de la genética que acompañó el crecimiento agrícola argentino.
“Durante años el mejoramiento se hizo observando parcela por parcela. Hoy también miramos el ADN de cada planta.”

El Ing Rubén Miranda, uno de los padres del Criadero
–Muchas veces se habla de la semilla como si fuera algo simple. ¿Qué hay detrás del desarrollo de un material?
La respuesta explica por qué una semilla encierra mucho más que un grano.
Ortis cuenta que hacia fines de los años 90 comenzó una transformación profunda con la llegada de los marcadores moleculares.
La lógica cambió.
En lugar de esperar campañas enteras para ver si una planta expresaba determinada característica, el equipo empezó a estudiar directamente el ADN. Eso permitió identificar regiones genéticas vinculadas a resistencia a enfermedades, calidad industrial, contenido proteico y potencial de rendimiento.
En términos prácticos, el proceso comienza mucho antes de que exista una bolsa de semilla.
Primero se detecta una necesidad: una enfermedad nueva, una limitante agronómica o una oportunidad de mejora. Después se buscan parentales que posean esas características. Se realizan cruzamientos. Más tarde llega la etapa de laboratorio.
Allí aparecen los marcadores moleculares, que permiten detectar cuáles de esas nuevas plantas efectivamente heredaron los genes deseados. Solo esas siguen avanzando.
“Antes teníamos que sembrar campaña tras campaña para confirmar que una línea realmente tenía una característica. Hoy podemos identificar desde el inicio cuáles son las plantas que llevan esos genes”.
Ese cambio redujo tiempos, aumentó precisión y permitió evaluar volúmenes mucho mayores de material.
Pero el salto más grande todavía estaba por venir.
“Cada variedad nueva es el resultado de años de decisiones, pruebas, descartes, inversión y trabajo silencioso.”

El salto que redujo siete años de trabajo y aceleró la respuesta al productor
Ortis identifica un punto de inflexión claro: la incorporación de la tecnología de haploides duplicados. El nombre suena complejo, pero el concepto tiene un impacto directo.
“Tradicionalmente, desde que se realizaba un cruzamiento hasta obtener una variedad estable podían pasar entre 12 y 14 años. Con este sistema, ese tiempo prácticamente se redujo a la mitad. Una vez realizado el cruzamiento entre líneas seleccionadas, se trabaja bajo condiciones controladas utilizando polinización con polen de maíz y un proceso que permite recuperar la dotación cromosómica del trigo”, explica minuciosamente Ortis.
El resultado son líneas completamente estabilizadas en mucho menos tiempo.
Eso significa acelerar años enteros del proceso tradicional.
“Hoy, en seis o siete años ya podemos estar con las primeras cuatro o cinco mil bolsas de semilla original”.
Pero el impacto no es solo temporal. También permite responder más rápido a los desafíos del campo.
Si aparece una nueva raza de roya o cambia el contexto sanitario, el equipo puede detectar materiales tolerantes, cruzarlos y empezar a trabajar inmediatamente para que esa mejora llegue al productor.
Mientras el cultivo cambia, el mejoramiento intenta correr siempre unos pasos adelante. Y aun así, Ortis aclara que el camino tradicional no desapareció.
“Hoy conviven los dos modelos: la observación a campo sigue siendo tan importante como la biotecnología. Porque ninguna herramienta reemplaza completamente la validación real sobre el lote” asegura.
“Todos los días pensamos qué podemos hacer y en qué podemos innovar.”

–Llegar a 50 años en Argentina ya es una historia en sí misma.…
Ortis recoge esa idea y la amplía.
“La historia del criadero está atravesada por toda la historia argentina, con todas las vicisitudes de estos últimos 50 años”.
Y ahí aparece otro elemento central: el respaldo institucional.
“Para todo es fundamental el acompañamiento permanente de la Asociación de Cooperativas Argentinas y el entramado de vínculos construidos con universidades nacionales e internacionales, empresas y centros de investigación. Ese trabajo permitió competir —y seguir compitiendo— con programas globales de mejoramiento”, analiza.
Pero cuando habla del futuro vuelve siempre al mismo lugar: las personas.
“Una y otra vez nos basamos en el compromiso del equipo, en la pasión por hacer mejor trigo, en lo que significan las recorridas a campo y sobre todo, a seguir preguntándose qué necesita el productor antes de que el problema aparezca” repasa con sentimiento.
Tal vez por eso la historia del Criadero de ACA Cabildo no se explica solamente por las variedades lanzadas ni por los años cumplidos.
También se explica por una idea que sigue vigente desde 1976: que detrás de cada cosecha hay alguien que empezó muchos años antes, imaginando una semilla que todavía no existía.
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