Las vacaciones de invierno de mi niñez no eran un viaje ni un destino turístico. Eran, simplemente, quedarse en el barrio. Y, sin embargo, qué inmensidad cabía en aquellos días.
Para quienes crecimos en Saavedra en la década del 50 o 60, el invierno tenía un perfume propio. Era el olor de la tierra húmeda junto al arroyo, el aire helado que cortaba la cara al cruzar la plaza, el vapor que salía de la boca mientras corríamos detrás de una pelota. No hacían falta grandes entretenimientos, ya que el barrio entero era nuestro universo.
La plaza era el punto de encuentro. Allí transcurrían horas enteras entre escondidas, carreras y aventuras de cowboys que solo existían en nuestra imaginación. El reloj no estaba en nuestras obligaciones hasta que mamá nos llamaba con voz severa o con la amenaza de recibir algún coscorrón. El tiempo parecía suspendido en una dimensión donde las obligaciones todavía no habían sido inventadas.
La canchita del Barrio Libertad, muy cerca de casa, era el lugar donde los pibes del barrio nos juntábamos y dirimíamos interminables partidos de futbol.
El arroyo era un mundo aparte. Lo mirábamos con la curiosidad que solo tienen los chicos, convencidos de que detrás de cada recodo podía esconderse un misterio. No había pantallas que nos llamaran desde un bolsillo ni notificaciones que interrumpieran la magia de estar simplemente ahí.
Las tardes de mucho frío tenían otro ritual. Después del almuerzo llegaba la sagrada hora de la siesta. Mientras los mayores descansaban, el silencio del barrio se llenaba de voces imaginarias que salían de la radio. El radioteatro se convertía en un escenario imaginario donde convivían héroes, villanos, romances y aventuras. O, si el sueño no llegaba, aparecían las historietas de Tarzán, Roy Rogers, o Súperman. Bastaba abrir una revista para viajar sin movernos de casa.
También recuerdo la ropa de aquellos inviernos. Los pantalones cortos que parecían desafiar cualquier temperatura, las medias tres cuartos cuidadosamente estirados por nuestras madres, y esas camperas de lana tejidas a mano, donde cada punto era una muestra silenciosa de cariño. Ninguna prenda comprada podía igualar el abrigo de aquellas manos pacientes que tejían durante semanas. Y cuando el frío arreciaba, unos mamelucos confeccionados con prendas viejas de trabajo de mi padre ferroviario cubrían muy bien las piernas y el cuerpo.
Y estaban los sabañones en las orejas, en los dedos de las manos, y a veces en los pies. Eran casi una medalla de guerra para quienes pasábamos más tiempo jugando en la calle que refugiados junto a una estufa. El frío nos vencía solo cuando el llamado de mamá anunciaba que era hora de volver.
Hoy las vacaciones de invierno de mis nietos son distintas. Recordando aquellos años cuando niño siento que quizás lo que más extraño no sea la plaza, el arroyo, el fútbol o el radioteatro. Lo que verdaderamente añoro es aquella sensación de que el tiempo alcanzaba para todo y que el día podía ser eterno. También, que una tarde cualquiera bastaba para ser feliz.
Por eso, tal vez la verdadera nostalgia no sea por aquellos inviernos. Sea por aquel tiempo en que el mundo parecía detenerse para dejarnos ser simplemente niños.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo
























