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El abuso de no aprender nada

La sentencia sobre el hecho ocurrido con el Jefe de Gabinete, no habla de moral privada sino de responsabilidad pública; pues quien está cerca del poder debe extremar los cuidados para no dejar lugar a sospechas.

Hay frases que sobreviven al paso de los siglos porque condensan una verdad simple y exigente. Una de ellas, atribuida a Julio César, sostiene que “la mujer del César no sólo debe ser honesta, sino también parecerlo”. La sentencia no habla de moral privada sino de responsabilidad pública; pues quien está cerca del poder debe extremar los cuidados para no dejar lugar a sospechas.

El reciente episodio del viaje de la esposa del jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en el mismo vuelo que llevó a Javier Milei a Estados Unidos vuelve a poner sobre la mesa una discusión que en la Argentina parece repetirse con obstinación. No se trata solamente de un pasaje, de un asiento disponible o de un acompañante más en una aeronave oficial. Se trata de la persistente incapacidad de la dirigencia para comprender que los gestos importan tanto como las explicaciones.

En la política contemporánea, donde la confianza pública se encuentra erosionada, cada detalle adquiere peso simbólico. Las instituciones se fortalecen cuando quienes ejercen el poder comprenden que la transparencia no es sólo una obligación legal sino también una práctica cultural. Evitar privilegios, incluso los mínimos o aparentemente inocuos, forma parte de ese aprendizaje.

Sin embargo, la política argentina parece atrapada en un ciclo de repetición. Cambian los gobiernos, cambian los discursos, pero ciertos hábitos permanecen. El uso ambiguo de recursos del Estado, la confusión entre lo público y lo privado, y la naturalización de beneficios derivados del cargo reaparecen con una regularidad preocupante.

Quienes defienden estas situaciones suelen apelar a argumentos prácticos como que había lugar, que no generó gasto adicional, que se trató de una circunstancia excepcional. Pero el problema nunca ha sido estrictamente contable. La cuestión es política y ética. Cuando se ocupa un cargo de alta responsabilidad, la vara de comportamiento debe estar por encima de la comodidad personal.

La frase sobre la mujer del César vuelve entonces como recordatorio incómodo. No basta con que las decisiones sean correctas; deben ser irreprochables a la mirada pública. En sociedades donde la desconfianza hacia la política es alta, la prudencia debería ser una regla básica de supervivencia institucional.

Lo preocupante no es sólo el episodio en sí, revela la persistencia de una cultura política que todavía no termina de comprender que el poder exige límites autoimpuestos. No porque lo dicte una norma escrita, sino porque lo exige la legitimidad democrática.

Tal vez el problema más profundo sea que la política argentina parece no aprender de sus propios errores. Cada generación repite, con matices distintos, las mismas prácticas que luego provocan indignación pública. Y así, lo que debería ser una excepción termina convirtiéndose en una rutina.

La frase de César no es una reliquia histórica. Es una advertencia vigente. Y mientras quienes ejercen el poder no la asuman como regla elemental de conducta, la distancia entre la ciudadanía y sus dirigentes seguirá ampliándose.

En definitiva, el verdadero abuso no es sólo el de un privilegio ocasional. El abuso más grave es no aprender nunca nada.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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