Hay un universo femenino que muchas veces queda lejos de las grandes conversaciones: el de las mujeres del campo argentino.
Generalmente, no suelen ser noticia; sin embargo, están ahí desde siempre, formando parte de la vida rural con una presencia tan natural como imprescindible.
Sin desvalorar lo que hace la mujer del mundo urbano, bueno es señalar que la mujer de campo conoce bien el ritmo de la tierra. Esto me hace acordar a mi siempre recordada Edicta -la mamá de mi esposa-. Sus días empezaban temprano. La casa se ponía en marcha mientras todavía había silencio afuera, apenas cortado por el cacareo de las gallinas o del maullido del gato pidiendo su latita llena de leche. Después de barrer el patio, venían los mates, el desayuno, los chicos que se preparan para ir a la escuela, la organización del día. Y en medio de todo eso, el trabajo que nunca falta.
Durante generaciones, la mujer rural fue el sostén silencioso de la familia y de la vida en el campo. Durante mucho tiempo se habló del productor, del chacarero, del hombre de campo. Pero detrás de cada historia rural siempre hubo también una mujer que acompañó, organizó, sostuvo y muchas veces tomó decisiones fundamentales.
La vida en el campo no es sencilla. Las distancias, los servicios que no siempre están cerca, y muchas veces el clima, los precios o las dificultades económicas ponen a prueba la paciencia y la fortaleza de cualquier familia. En esos momentos, muchas veces es la mujer quien equilibra la balanza, quien sostiene el ánimo y mantiene la calma.
Además, hay una tarea que pocas veces se menciona pero que es fundamental: la del arraigo. En muchos parajes, en muchos establecimientos rurales, en pequeños pueblos del interior profundo, la mujer cumple un papel clave para que la vida siga latiendo en esos lugares. Es quien mantiene los vínculos con la escuela rural, quien organiza encuentros comunitarios, quien ayuda a que la vida social del campo no se pierda.
Y hay algo más. Las mujeres rurales han sido, generación tras generación, las grandes transmisoras de los valores del campo. El respeto por el trabajo, la relación con la naturaleza, la importancia de la palabra, la solidaridad entre vecinos. Son enseñanzas que pasan muchas veces de manera simple, en la vida cotidiana, pero que terminan marcando a las nuevas generaciones.
El tiempo también trajo cambios. Hoy muchas mujeres rurales manejan maquinaria agrícola, estudian carreras vinculadas al agro, participan en cooperativas o en asociaciones rurales, lideran emprendimientos, administran empresas familiares o impulsan proyectos productivos propios. El campo también se ha ido transformando y ellas son protagonistas de esa transformación.
Pero incluso con esos cambios, hay que destacar que la fortaleza tranquila de la mujer rural siempre está presente en esa capacidad de hacer mucho con poco, de adaptarse, de encontrar soluciones, de acompañar.
Quizás por eso, cuando llega el Día de la Mujer, vale la pena que nos detengamos un momento y mirar hacia el interior del interior. Pensar en esas mujeres que viven en una chacra, en un establecimiento ganadero, en un pequeño pueblo o en un paraje donde el horizonte parece infinito.
Estoy seguro de que no pasa por sus mentes la búsqueda del reconocimiento; sin embargo, todos los días hacen posible que el campo siga produciendo, que las familias sigan creciendo y que el interior argentino conserve su identidad.
Por las mujeres de otros tiempos, como Edicta, por las de hoy, como Martita Castro trabajando y transmitiendo el corazón de la vida rural a través de sus libros, y por las que vendrán… por esas mujeres que, con esfuerzo, con paciencia y con una enorme capacidad de sostener, siguen siendo una parte esencial de la vida rural, hoy es una excelente oportunidad de decirles en voz alta, ¡¡¡GRACIAS!!!
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo


























