En estos días de Mundial de Fútbol, cuando la pasión deportiva ocupa buena parte de nuestras conversaciones, quizás sea oportuno detenernos un instante para reflexionar sobre un tema mucho menos atractivo, pero infinitamente más importante para el futuro de nuestra sociedad. Estoy hablando de la responsabilidad.
Vivimos tiempos en los que el exitismo, la competencia y la obsesión por ganar parecen desplazar cuestiones esenciales. Se celebra el resultado, pero pocas veces se analiza el esfuerzo, el compromiso y la responsabilidad que existen detrás de cada logro. De allí que esa mirada termina trasladándose también a la vida pública.
Por eso vale la pena hablar de aquello de lo que muchas veces no nos gusta hablar, es decir, de la responsabilidad que nos asiste como ciudadanos y de la que debemos exigir a quienes tienen responsabilidades mayores en cualquiera de los tres poderes del Estado.
Me gusta concebir al país como una gran cooperativa. Una comunidad en la que cada habitante posee derechos, pero también obligaciones. Una sociedad donde el bienestar colectivo depende de la conducta individual y del compromiso de cada uno con el bien común.
En una cooperativa auténtica nadie puede desentenderse de sus responsabilidades. Todos aportan, todos participan y todos responden por sus actos. Esa misma lógica debería regir la vida de una nación. Pero especialmente debería reflejarse en quienes ejercen funciones de gobierno, legislan o administran justicia. Porque cuanto mayor es la responsabilidad, mayor debe ser el ejemplo.
Sin embargo, con demasiada frecuencia observamos conductas que parecen ignorar esa premisa básica. Y cuando quienes ocupan lugares de conducción actúan sin la responsabilidad que sus cargos demandan, el daño no queda limitado a sus propias acciones. Se genera un efecto corrosivo que desciende sobre toda la sociedad.
La falta de ejemplo es como un ácido invisible. Desgasta lentamente la confianza pública y debilita los valores que sostienen la convivencia. Cuando los ciudadanos perciben incoherencia entre las palabras y los hechos, la responsabilidad deja de ser un valor compartido para transformarse en una exigencia reservada solamente para algunos.
En este contexto resulta oportuno recordar las palabras del sacerdote vasco José María Arizmendiarrieta, inspirador de la Corporación Cooperativa Mondragón, quien advertía que “ni el individuo ni los pueblos pueden impedir su decadencia ni mantener su prosperidad material sin la ley moral. Los pueblos sin conciencia caen siempre en una barbarie abyecta en la que desaparece el mismo orden y armonía que el instinto engendra en los irracionales”.
La enseñanza es clara. Ningún país puede sostenerse únicamente sobre bases económicas o institucionales. La prosperidad material necesita estar acompañada por valores, conciencia moral y responsabilidad.
Quizás, mientras observamos a los mejores futbolistas del mundo competir por una copa, también sea un buen momento para preguntarnos qué lugar ocupa la responsabilidad en nuestra vida cotidiana y en la vida pública. Porque las naciones, al igual que las cooperativas, no se construyen solamente con éxitos ocasionales. Se construyen todos los días con el compromiso de sus ciudadanos y con el ejemplo de quienes tienen la obligación de conducirlas. Esta es la copa que tenemos pendiente los argentinos.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























