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El campeonato que no podemos perder

No existe riqueza natural que alcance cuando se empobrece el conocimiento. No hay crecimiento económico que sea duradero si una generación entera queda rezagada por falta de educación

Hoy termina el Mundial de Fútbol. Durante semanas millones de personas nos emocionamos con cada partido, celebramos los goles, sufrimos las derrotas y nos sentimos parte de una pasión que une a los pueblos. Por unas horas dejamos de lado las preocupaciones cotidianas para abrazarnos a un sueño compartido. Pero mañana… mañana volveremos a la realidad.

Volveremos a las noticias que nos preocupan, a las dificultades económicas, a las familias que hacen esfuerzos enormes para llegar a fin de mes, a los docentes que siguen enseñando con vocación a pesar de las carencias, y a miles de niños y jóvenes que esperan que alguien les abra la puerta de un futuro mejor. Y es justamente allí donde debemos hacernos la pregunta más importante. ¿Qué estamos haciendo para construir el país que soñamos?

Porque los campeonatos mundiales se celebran durante un mes cada cuatro años. El desarrollo de una nación se construye durante generaciones.

En esa construcción, la prioridad es la educación; porque mientras discutimos cifras, ideologías y promesas, miles de niños llegan a escuelas con más carencias que oportunidades; miles de jóvenes abandonan sus sueños porque el futuro les cerró las puertas antes de darles una oportunidad.

No existe riqueza natural que alcance cuando se empobrece el conocimiento. No hay crecimiento económico que sea duradero si una generación entera queda rezagada por falta de educación. No hay democracia sólida cuando los ciudadanos no tienen las herramientas para pensar, analizar y decidir libremente.

Cada aula abandonada es una oportunidad perdida. Cada docente que lucha sin recursos representa una deuda que la sociedad tiene consigo misma. Cada niño que deja la escuela no solo pierde él; perdemos todos. Perdemos al médico que pudo salvar vidas, al ingeniero que pudo construir caminos y viviendas, a la científica que pudo descubrir una cura, al maestro que pudo formar nuevas generaciones.

Un país no se mide únicamente por el tamaño de su economía. Se mide por la calidad de la educación que ofrece a sus hijos. Porque el verdadero desarrollo no nace en los mercados ni en los discursos políticos; nace en un aula, frente a un pizarrón, donde un maestro enciende la curiosidad de un niño y le enseña que los sueños también pueden estudiarse.

La historia es clara. Las naciones que hoy admiramos no llegaron a ser grandes por casualidad. Apostaron por sus escuelas, respetaron a sus docentes, invirtieron en ciencia, en tecnología y en conocimiento. Comprendieron que el recurso más valioso no está debajo de la tierra, sino dentro de la mente de cada ciudadano.

Invertir en educación es sembrar esperanza. Es romper el círculo de la pobreza. Es construir igualdad de oportunidades. Es darle a cada persona la posibilidad de escribir su propia historia con dignidad.

Mañana, cuando el Mundial sea apenas un recuerdo y el último festejo se apague, el verdadero partido seguirá esperándonos. Un partido que no se gana con un gol en el minuto noventa, sino con decisiones valientes, con compromiso y con la convicción inquebrantable de que la educación es el único camino capaz de transformar de verdad el destino de un país. Ese es el campeonato que no podemos perder.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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