La cebada ya no es un cultivo secundario. Después de años de crecimiento sostenido, el cereal terminó de consolidarse en la campaña 2025 con números históricos: alrededor de 1,2 millones de hectáreas sembradas y una producción cercana a las 5,5 millones de toneladas.
Pero detrás de esas cifras hay un proceso largo, con cambios en los mercados, en la tecnología y en la propia lógica de los sistemas productivos.
De eso habló el ingeniero Mario Cattaneo, especialista en el cultivo, durante una entrevista con Gustavo Almassio en el programa radial Mañanas de Campo.
“En realidad la cebada ya no es un cultivo alternativo. Hoy es un cultivo instalado que compite con el trigo, pero en definitiva hay lugar para los dos”, resumió.
De 300 mil hectáreas a más de un millón
El crecimiento del cultivo no fue inmediato. Durante muchos años la cebada se mantuvo en niveles relativamente bajos de producción.
“El cultivo tiene un despegue importante a principios de los noventa, cuando se integra el Mercosur y empiezan a instalarse las malterías”, recordó Cattaneo.
Aun así, durante mucho tiempo no lograba superar el millón de toneladas de producción.
El salto llegó años después, cuando empezaron a combinarse varios factores.
Por un lado, las restricciones comerciales que tuvo el trigo en Argentina empujaron a muchos productores a buscar alternativas. Al mismo tiempo, en el escenario internacional también se daban condiciones particulares.
“Coincidió con una sequía muy fuerte en Rusia y Ucrania, que son grandes productores de cebada. El mundo salió a buscar cebada y Argentina la tenía”, explicó.
Ese fue uno de los momentos clave para el cultivo.
“En 2009 Argentina exportaba apenas 400 mil toneladas de cebada forrajera. Hoy estamos hablando de más de tres millones de toneladas”, señaló.
El rol del sudeste bonaerense
En ese proceso de crecimiento, el sudeste de la provincia de Buenos Aires se transformó en el corazón del cultivo.
Allí la cebada encontró muy buenas condiciones de producción y rindes más estables, lo que permitió afianzar el sistema.
Almassio lo mencionaba durante la charla: la cebada además tiene una ventaja estratégica dentro de los planteos agrícolas.
“Sobre todo por la cosecha anticipada y la posibilidad del doble cultivo”, señalaba el conductor.
Cattaneo coincidió.
“Con el crecimiento de la soja en los noventa, la cebada empezó a instalarse también como un aliado importante para el doble cultivo”, explicó.
Un mercado que cambió
Otro aspecto que cambió en los últimos años es la relación entre la cebada cervecera y la cebada forrajera.
Históricamente la cebada destinada a malteo tenía un precio mayor.
“Normalmente había una diferencia de entre 20 y 40 dólares por tonelada”, explicó Cattaneo.
Sin embargo, el contexto global modificó esa lógica.
“Hoy el consumo de cerveza a nivel mundial está deprimido. Todavía no se recuperaron los niveles prepandemia”, explicó.
Eso redujo la demanda de cebada cervecera, mientras que la forrajera empezó a ganar protagonismo.
“Hay problemas logísticos en la zona del Mar Negro y Turquía tuvo una mala campaña. Entonces falta cebada forrajera y el precio sube”, describió.
Gran parte de esa demanda proviene del Medio Oriente.
“Arabia es un gran consumidor de cebada. Siempre decimos medio en broma que es para los camellos, pero en realidad es fundamentalmente para ovejas”, contó.
Cuando el rinde se dispara
La última campaña también dejó rindes que sorprendieron incluso a los técnicos.
“Había lotes que uno estimaba en cinco o seis mil kilos y terminaron dando siete, ocho o hasta nueve mil kilos”, relató Cattaneo.
Ese salto productivo trae consigo un desafío agronómico conocido: la proteína.
“Es un problema que tenemos en Argentina y en el mundo. Cuando suben mucho los rendimientos, cuesta sostener los niveles de proteína”, explicó.
Por eso el manejo nutricional empieza a ser cada vez más importante.
“Hay que acompañar esos rindes con tecnología: fertilización, seguimiento del cultivo, manejo de fechas de siembra. Todo eso forma parte de la agronomía”, señaló.
La evolución de las variedades
El crecimiento del cultivo también vino acompañado por un cambio importante en las variedades.
Durante muchos años, prácticamente toda la cebada argentina era una sola.
“Scarlett llegó a representar más del 90% de la producción”, recordó el especialista.
Después apareció Andreia, que también tuvo una participación muy importante.
Hoy el escenario es más diverso.
“Actualmente la superficie está más repartida entre Montoya, Overture y Andreia, que todavía se mantiene”, explicó.
Las nuevas variedades apuntan principalmente a mejorar el tamaño de grano y la estabilidad de calidad, aspectos clave para la industria cervecera.
La importancia de la pureza varietal
En cebada cervecera, además del manejo del cultivo, hay un aspecto que puede definir el destino de un lote: la pureza varietal.
Durante la charla, Almassio mencionaba un problema que a veces enfrentan los productores cuando hay mezcla de semillas.
Cattaneo fue claro.
“Las variedades tienen distinto comportamiento en el malteo y en la elaboración de cerveza. Por eso es importante mantener la pureza varietal”, explicó.
Hoy existen sistemas de identificación que permiten detectar rápidamente las variedades en los cargamentos.
“Son marcadores ópticos que funcionan muy bien en cebada y se están empezando a usar también en trigo”, agregó.
Un cultivo que se consolidó
Después de años de evolución, la cebada terminó encontrando su lugar dentro de la agricultura argentina.
Más superficie, mejores rendimientos, mayor conocimiento técnico y una fuerte inserción en el mercado internacional.
El desafío ahora será sostener ese crecimiento con calidad.
Pero algo parece claro: la cebada ya no es una alternativa secundaria.
Como resumió Cattaneo en el cierre de la charla:
“Hoy la cebada es un cultivo instalado. Y el productor siempre busca alternativas que funcionen”.
Infosudoeste


























