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Maíz en el sudoeste: menos plantas, más conocimiento y una decisión clave para definir el rendimiento

Con una primavera marcada por el exceso de humedad, dificultades de implantación y una fuerte presión de malezas, el manejo del maíz vuelve a exigir decisiones ajustadas a cada ambiente. Los Ingenieros Gustavo Thiessen y Guillermo Marrón analizaron fechas de siembra, densidades, profundidad de suelo, elección de híbridos, mecanismos de compensación y el papel determinante de las coberturas.

La siembra de maíz se aproxima en el sudoeste bonaerense y, como ocurre cada campaña, las decisiones agronómicas vuelven a estar en el centro de la escena. Sin embargo, no todos los lotes ofrecen las mismas condiciones, ni todas las estrategias pueden trasladarse de un ambiente a otro. En una región donde la profundidad de suelo, la presencia de tosca y la disponibilidad de agua condicionan buena parte del resultado, ajustar la densidad, elegir correctamente el híbrido y definir el momento de implantación puede marcar diferencias importantes en el rendimiento final.

Para profundizar sobre estos aspectos, Mañanas de Campo reunió a dos referentes con amplia experiencia en el cultivo: los ingenieros Gustavo Thiessen, especialista en manejo de maíz de baja densidad, y Guillermo Marrón, reconocido por su trayectoria en maquinaria agrícola, quien en esta oportunidad asumió la conducción técnica de la conversación.

El intercambio permitió recorrer algunos de los principales interrogantes que enfrenta el productor: ¿Conviene sembrar temprano o esperar? ¿Cuántas plantas establecer en ambientes con 50 o 60 centímetros de profundidad? ¿Qué importancia tiene el comportamiento de cada híbrido? ¿Hasta dónde puede compensar una planta cuando se trabaja con densidades bajas?

Las respuestas dejaron un concepto central: en el sudoeste bonaerense no alcanza con hablar de una densidad determinada o recomendar una fecha de siembra generalizada. Hay que conocer el ambiente y, fundamentalmente, entender cómo responde cada híbrido.

Un año condicionado por la humedad y las dificultades de implantación

El primer punto de análisis estuvo relacionado con las particularidades climáticas de la campaña y las consecuencias que dejaron las precipitaciones sobre la planificación de las siembras.

Thiessen explicó que las condiciones de este año guardan algunas similitudes con las de la campaña anterior, especialmente por la buena disponibilidad de humedad que acompañó los cultivos de invierno. Sin embargo, las lluvias persistentes obligaron a modificar buena parte de los planteos que inicialmente contemplaban siembras tempranas.

En el sudoeste, la distribución habitual se ubica aproximadamente en un 20% de maíces tempranos y un 80% de siembras tardías, aunque esa proporción depende de las características y los objetivos de cada empresa.

En este escenario, el especialista advirtió que una parte de los lotes tempranos presenta una dificultad adicional: la emergencia continua de raigrás.

“Este año una de las vedettes es la cantidad de raigrás que sigue saliendo en lotes de siembra temprana”, señaló.

La problemática obliga a prestar especial atención a la elección genética, porque las herramientas disponibles para controlar esta maleza no son numerosas. Algunos materiales con resistencia a determinados herbicidas permiten ampliar las alternativas, pero el manejo previo y la planificación del lote adquieren una importancia decisiva.

A esto se suma una tendencia que viene creciendo en los últimos años: la utilización de sistemas convencionales o semiconvencionales de preparación del suelo.

Según explicó Thiessen, esta decisión responde a diferentes motivos, entre ellos la necesidad de resetear lotes complicados por malezas o la utilización de potreros que vienen de pastoreo y se entregan relativamente temprano.

Sin embargo, aclaró que no todas las situaciones son iguales. La cantidad de pasadas, el uso de rastras, Catros u otros implementos y la condición en la que queda la cama de siembra determinan ambientes diferentes.

Por un lado, los lotes removidos pueden presentar una condición de temperatura de suelo más favorable. Por otro, los planteos con cultivos de cobertura o abundantes rastrojos de fina requieren especial atención en la limpieza del surco.

El especialista también puso el foco en lo ocurrido con los primeros maíces implantados. Las siembras realizadas alrededor del 20 o 25 de septiembre atravesaron posteriormente varias semanas de octubre con escasa radiación, temperaturas frescas y abundante nubosidad.

El resultado se hizo visible en los cultivos emergidos.

“Los maíces han ido emergiendo como han podido, con ese tono verde Deutz, amarillo Palmer, característico de estar necesitando sol”, describió.

La observación no es menor: las condiciones iniciales de implantación y el ambiente en el que se desarrolla la emergencia pueden condicionar la uniformidad del cultivo y, posteriormente, la toma de decisiones sobre aplicaciones y fertilización.

La uniformidad de emergencia es una condición fundamental para poder manejar el cultivo. Una implantación despareja puede complicar las decisiones posteriores de fertilización, aplicaciones y seguimiento del desarrollo.

La profundidad del suelo define buena parte de la estrategia

Uno de los tramos más interesantes de la entrevista apareció cuando Marrón llevó la conversación hacia las diferencias entre ambientes someros y suelos más profundos.

En una región donde la presencia de tosca a 50 o 60 centímetros es una realidad frecuente, la disponibilidad de agua y la capacidad de exploración de las raíces adquieren una relevancia determinante.

Thiessen planteó que, en las regiones con limitaciones hídricas, las densidades de siembra que se vienen trabajando se ubican en rangos muy diferentes de los tradicionales planteos de alta productividad.

“Para todos los que estamos faltos de agua, lo primero es agua, segundo agua y tercero agua”, sintetizó.

En ese contexto, ubicó buena parte de las estrategias de baja densidad entre las 10.000 y las 30.000 plantas por hectárea, siempre en función del rendimiento objetivo y de las características particulares del sistema productivo.

Pero inmediatamente aclaró que no se trata de establecer un número y repetirlo en todos los lotes.

Para definir la densidad hay que integrar diferentes variables: profundidad efectiva del suelo, disponibilidad de agua, presencia de cobertura, características del híbrido y fertilización prevista.

“Cuando yo digo objetividad, implica conocimiento. Es la participación del productor: qué características tiene el lote, qué profundidad tenés, si vas a tener cobertura o no, qué tipo de híbrido utilizás y qué fertilización vas a hacer. Es un conjunto de cosas que me va a determinar densidad y manejo”, explicó.

La elección genética ocupa un lugar central en esa ecuación.

El ingeniero remarcó que existen híbridos con capacidades de compensación muy diferentes. Algunos pueden producir alrededor de 250 gramos por planta, mientras que otros, en condiciones favorables, pueden alcanzar los 600 gramos.

Esa diferencia modifica completamente la estrategia de implantación.

En ambientes más favorables, con buena disponibilidad de agua y potenciales de rendimiento superiores a los 12.000 kilos, las densidades tradicionales de 40.000, 50.000 o más plantas pueden tener sentido.

Pero en buena parte del sudoeste bonaerense, donde el agua constituye el principal factor limitante, la lógica es otra.

“Nuestro sudoeste, San Luis, Córdoba, parte de La Pampa, yo diría que un gran bastión sería entre 10.000 y 30.000 plantas”, sostuvo.

La clave, insistió, está en comprender el mecanismo de compensación de cada híbrido y su capacidad para expresar rendimiento con una menor cantidad de plantas.

¿Por qué las siembras tardías ofrecen mayor estabilidad?

La fecha de siembra fue otro de los grandes ejes de la conversación.

Thiessen explicó que, cuando se trabaja sobre suelos poco profundos, los datos muestran una ventaja importante de las siembras tardías en términos de estabilidad productiva.

Para explicar el fenómeno, tomó como ejemplo un maíz sembrado el 1 de octubre.

En ese planteo, la floración se ubicaría hacia fines de diciembre, precisamente en un período donde la radiación es elevada, los días son más largos y la demanda atmosférica de agua puede alcanzar valores muy importantes.

Es justamente en esa etapa cuando el cultivo comienza a atravesar sus mayores requerimientos hídricos.

La floración, el cuajado y el posterior llenado de granos son momentos especialmente sensibles. Si el cultivo se encuentra sobre un suelo con apenas 50 centímetros de profundidad hasta la tosca, la capacidad de amortiguar un período sin precipitaciones es limitada.

“Si tengo 50 centímetros a la tosca y una situación bien saneadita, con 50 o 70 milímetros acumulados en una semanita, me los gasta como un campeón. Más vale que me llueva”, graficó.

El problema es que la demanda de agua no depende exclusivamente de las necesidades fisiológicas del cultivo. También está condicionada por la atmósfera.

Por eso, explicó, sembrar el mismo híbrido el 1 de diciembre modifica sustancialmente el ambiente en el que transcurrirá su período crítico.

La floración se desplaza hacia fines de febrero, cuando los días comienzan a acortarse y, en términos generales, la demanda atmosférica presenta condiciones menos exigentes.

“El maíz va a requerir lo mismo, pero ¿qué le hice? Le cambié el ambiente, le cambié la atmósfera”, resumió.

Esa modificación es una de las razones que explican la mayor estabilidad que suelen mostrar los planteos tardíos en ambientes con limitaciones de profundidad.

Sin embargo, la estrategia también tiene su contrapartida.

El productor debe estar dispuesto a cosechar con mayor humedad o contemplar alternativas como la producción de grano húmedo para alimentación animal.

Thiessen advirtió que, cuando se avanza hacia siembras de mediados de noviembre y diciembre, ya no resulta razonable esperar una cosecha con grano seco durante abril.

La humedad de cosecha puede convertirse en una limitante económica y logística, especialmente cuando se combina con otoños e inviernos lluviosos.

“Como dice el arquitecto: ¿qué querés, la habitación o el patio? Y bueno, ahí tenés que elegir”, planteó, sintetizando la necesidad de evaluar los beneficios y costos de cada estrategia.

Los ambientes profundos permiten jugar con otras alternativas

El análisis cambia cuando el productor dispone de suelos con un perfil más profundo.

Thiessen explicó que, en lotes donde la tosca se encuentra a un metro o más, existe una mayor capacidad de exploración radicular y, por lo tanto, una reserva de agua que puede amortiguar períodos sin lluvias.

En esos casos, una siembra temprana no debe descartarse automáticamente.

La recomendación es ajustar las expectativas de rendimiento a la capacidad real del ambiente y no trasladar objetivos productivos de otros sectores de mayor potencial.

En suelos limitados, el especialista sugirió trabajar con objetivos más conservadores, considerar la cobertura como una herramienta estratégica y mantener acotada la cantidad de plantas.

Incluso planteó que, frente a las dificultades de implantación que pueden presentarse en una campaña como esta, podría justificarse incrementar ligeramente la densidad inicialmente buscada para compensar posibles pérdidas de plantas.

La fecha de siembra no puede definirse solamente por calendario. La profundidad del suelo y el momento en que el cultivo atraviesa su período crítico son dos variables centrales para evaluar el riesgo productivo.

No todos los híbridos compensan de la misma manera

Cuando la conversación se trasladó a ejemplos concretos de productores, aparecieron dos situaciones muy representativas de la región.

Un lote con tosca a 50 o 60 centímetros, con una expectativa de rendimiento de 6.000 kilos, y otro ambiente cercano, pero con una profundidad superior a 1,20 metros, donde el objetivo se ubicaba en 9.000 kilos por hectárea.

En ambos casos se planteaban densidades diferentes, de 18.000 y 30.000 plantas, respectivamente.

La respuesta de Thiessen volvió a poner el acento en la genética.

“El ABC de esto no es el depende, pero es mucho de conocer el híbrido”, remarcó.

Para ilustrarlo utilizó una comparación futbolística: no alcanza con tener buenos jugadores, también hay que saber ubicarlos en la cancha.

“Yo lo pongo como ejemplo a Dibu Martínez: lo pongo a atajar, no lo pongo de lateral izquierdo. No porque no pueda, sino porque el conocimiento es el que nos va a ampliar y nos va a ubicar”.

La misma lógica debe aplicarse a los híbridos.

Una densidad de 28.000 plantas puede resultar adecuada para un determinado material y un objetivo de rendimiento, pero no necesariamente para otro que presenta características diferentes de arquitectura, prolificidad o capacidad de compensación.

Por eso, el especialista propuso que productores, asesores y proveedores comiencen a conversar más profundamente sobre el comportamiento de cada genética.

“Yo invito a los productores y también a los proveedores a que empecemos a hablar de mecanismos de compensación del híbrido”.

El concepto adquiere todavía mayor importancia cuando se trabaja con materiales macolladores.

Thiessen explicó que, en estos casos, el ciclo real del cultivo puede extenderse considerablemente respecto de lo que indica el marbete.

Un híbrido que habitualmente presenta un ciclo de alrededor de 120 días puede terminar comportándose como un cultivo de 140 o 150 días cuando desarrolla macollos.

La explicación está en que cada estructura reproductiva tiene su propio desarrollo: la espiga principal presenta un ciclo, mientras que los macollos pueden generar espigas adicionales con otros tiempos de desarrollo.

Esto introduce una variable importante para las siembras tardías.

Si el productor se excede con la fecha de implantación, puede encontrarse con que el cultivo prolonga su ciclo y queda expuesto a las primeras heladas.

“Cuando vos te vas haciendo a siembras más tardías, la recomendación sería tratar de aumentar una planta más. ¿Pero por qué? Porque lo que buscás es que la planta no active su mecanismo de compensación”, explicó.

El objetivo es favorecer que el cultivo concentre su producción en el tallo principal y no dependa de una sucesión de macollos que pueden extender el período de madurez.

De todas maneras, aclaró que la respuesta siempre debe evaluarse en función de cada material y de las condiciones ambientales.

No hay recetas universales.

La fertilización también puede cambiar el resultado

Otro de los conceptos que surgieron durante la entrevista estuvo relacionado con la nutrición del cultivo.

Thiessen recordó que el maíz tiene una demanda importante de nitrógeno y que cualquier planteo que aspire a rendimientos elevados debe contemplar este factor.

Mencionó experiencias en las que un mismo híbrido, implantado con una densidad de 30.000 plantas, logró rendimientos de entre 10.000 y 12.000 kilos por hectárea bajo condiciones favorables y con un manejo nutricional adecuado.

Pero ese mismo material, sometido a un ambiente muy restrictivo, puede quedar reducido a rendimientos cercanos a los 5.000 kilos.

La genética aporta potencial, pero es el manejo el que permite expresarlo.

En ese sentido, compartió un trabajo realizado durante esta campaña sobre fertilización nitrogenada en diferentes momentos.

Con una densidad de 25.000 plantas por hectárea, los resultados mostraron diferencias muy importantes entre tratamientos.

“El mismo híbrido casi te duplica: con una densidad de 25.000 plantas pasamos de 5.000 a casi 9.000 kilos”, señaló.

El ejemplo refuerza la necesidad de mirar el cultivo como un sistema integrado. No alcanza con ajustar la cantidad de semillas si después no se contemplan las necesidades nutricionales que tendrá ese maíz para alcanzar el rendimiento buscado.

En el cierre de la charla apareció una de las cuestiones que más énfasis generó entre ambos ingenieros: la importancia de conservar cobertura sobre el suelo.

La cobertura, una herramienta estratégica para el sudoeste

Marrón advirtió sobre los riesgos de recurrir a labores mecánicas sin evaluar previamente sus consecuencias.

Explicó que, cuando se trabaja superficialmente con implementos de labranza convencional, se puede reducir la profundidad efectiva del perfil y favorecer una mayor evaporación del agua.

Por eso, planteó que en determinadas condiciones sería preferible recurrir a un barredor antes que mover innecesariamente el suelo.

Thiessen coincidió con el planteo y volvió a destacar el valor de la cobertura en ambientes con limitaciones hídricas.

“Un suelo desnudo con 35 o 36 grados es un soplete a nivel superficial y subsuperficial”, describió.

La cobertura permite conservar mejor la humedad disponible, reducir el impacto de las altas temperaturas y mejorar las condiciones para el establecimiento del cultivo.

El especialista incluso compartió una experiencia que lo sorprendió particularmente: en una situación de alta complejidad, con un híbrido macollador, sin cobertura y con escasa humedad, la planta no llegó a activar su mecanismo de compensación como se esperaba.

La observación refuerza la necesidad de entender que el comportamiento de los híbridos no puede analizarse de manera aislada de las condiciones ambientales.

“En un suelo con 50 o 60 centímetros, la cobertura te gana profundidad“, afirmó.

Y agregó una reflexión que resume buena parte de su planteo técnico: “Cobertura fundamental, esto es el sudoeste”.

Para Thiessen, no se trata de establecer una posición extrema ni de desconocer las limitaciones operativas que enfrenta cada productor. Se trata de aprovechar las herramientas disponibles y entender que, en ambientes donde el agua es escasa, conservar cada milímetro puede marcar una diferencia sustancial.

En suelos someros, la cobertura no es un detalle del sistema productivo: es una herramienta para conservar agua, amortiguar las altas temperaturas y mejorar la estabilidad del cultivo.

Sonnenbeschienene junge Maispflanzen auf fruchtbarer Erde
Una campaña que exige agronomía y decisiones ajustadas a cada lote

La extensa conversación dejó varios conceptos para seguir trabajando. Desde la elección de la fecha de siembra hasta la selección del híbrido, pasando por la densidad, la nutrición y el manejo de los rastrojos, el maíz del sudoeste requiere una planificación que contemple las particularidades de cada ambiente.

Thiessen insistió en que no hay decisiones necesariamente equivocadas cuando existe un seguimiento y una voluntad de aprender de los resultados.

“No está mal si vos estás dispuesto a aprender”, expresó.

La frase sintetiza una mirada que se aleja de las recetas y propone trabajar con información, conocimiento del material genético y objetivos de rendimiento realistas.

La entrevista también dejó planteada una segunda parte, con un desafío particular: invertir los roles y que sea Gustavo Thiessen quien entreviste a Guillermo Marrón sobre maquinaria agrícola, implantación y cosecha.

Una continuidad que permitirá profundizar en otro aspecto decisivo de la campaña: cómo lograr que las decisiones agronómicas se traduzcan en una implantación eficiente y en un cultivo que pueda expresar todo su potencial.

Infosudoeste

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