A medida que se acerca un nuevo año electoral, se multiplican los discursos de funcionarios provinciales y municipales que advierten que a la gente no le alcanza para vivir, que los salarios pierden poder adquisitivo y que existe una preocupante falta de sensibilidad frente a los problemas cotidianos de la ciudadanía. Son diagnósticos que, en sí mismos, reflejan una realidad innegable. Lo que resulta difícil de aceptar es que muchos de quienes los enuncian parecen ignorar el papel que sus propias administraciones desempeñan en la generación de esa situación.
En la provincia de Buenos Aires y en numerosos municipios se ha consolidado una práctica recurrente, pues cuando hacen falta recursos, la respuesta casi automática es aumentar impuestos, crear nuevas tasas o incrementar las existentes. Se trata de una modalidad que podría definirse como “cazar en el zoológico”. En lugar de promover condiciones para que crezca la actividad económica y, con ella, la recaudación genuina, se vuelve una y otra vez sobre los mismos contribuyentes, aquellos que producen, invierten, trabajan y cumplen con sus obligaciones.
Productores agropecuarios, comerciantes, industrias, profesionales y vecinos son los destinatarios permanentes de una presión fiscal que parece no encontrar techo. Son contribuyentes identificados, registrados y controlados. No pueden ocultarse ni trasladarse con facilidad. Por eso resultan el objetivo más sencillo para gobiernos que necesitan sostener gastos crecientes sin revisar la eficiencia de sus estructuras.
Lo preocupante es que este aumento constante de la presión tributaria no encuentra correlato en una mejora visible de los servicios públicos. La relación entre lo que se paga y lo que se recibe está cada vez más deteriorada.
Basta recorrer las rutas provinciales para comprobarlo. Numerosos tramos presentan un estado alarmante de abandono, con baches, señalización deficiente, banquinas destruidas y una falta de mantenimiento que compromete la seguridad vial. La situación de los caminos rurales es, en muchos casos, todavía más grave. Son vías esenciales para la producción, el transporte y la vida cotidiana de cientos de comunidades que hoy padecen años de desinversión.
La pregunta entonces es inevitable: ¿dónde terminan los recursos que el Estado recauda con tanta voracidad? Porque mientras la infraestructura muestra signos evidentes de deterioro, las estructuras burocráticas parecen expandirse de manera permanente. Durante años, la incorporación de personal y el crecimiento de las plantas estatales han funcionado como herramientas de construcción política, financiadas por un sector privado que debe soportar una carga cada vez más pesada.
Nadie discute la importancia de los trabajadores públicos que cumplen funciones indispensables en educación, salud, seguridad o administración. El problema aparece cuando el crecimiento del Estado deja de estar vinculado a las necesidades de la sociedad y pasa a responder principalmente a la lógica de la política. Entonces, una porción cada vez mayor de los recursos se destina a sostener estructuras administrativas y una porción cada vez menor se transforma en obras, infraestructura y servicios de calidad.
Por eso resulta especialmente contradictorio escuchar a algunos dirigentes cuestionar la falta de empatía de otros niveles de gobierno mientras mantienen políticas que contribuyen a asfixiar a quienes producen y generan riqueza. Si realmente preocupa que a las familias no les alcance para llegar a fin de mes, si preocupa la situación de los comercios, de las pequeñas empresas y de los productores, la primera responsabilidad debería ser revisar las propias decisiones de gestión.
La empatía no se mide por la dureza de los discursos ni por la cantidad de declaraciones de campaña. Se mide administrando con responsabilidad los recursos públicos, estableciendo prioridades, eliminando gastos improductivos y garantizando que los impuestos que pagan los ciudadanos regresen en servicios y obras concretas.
La pregunta que comienza a imponerse es mucho más simple y mucho más incómoda, ¿qué están haciendo con todo lo que ya cobran?
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























