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Opinión

¿Solidarios o Solitarios?

Tal vez la discusión de fondo no sea solamente presupuestaria en materia de educación. Tal vez sea moral y cultural.

La multitudinaria Marcha Federal Universitaria de la semana pasada no fue apenas una protesta sectorial. Fue, en esencia, un grito colectivo que interpela el sentido profundo de país que queremos construir. Cuando miles de estudiantes, docentes, investigadores y trabajadores universitarios salieron a las calles para reclamar financiamiento y recomposición salarial, no defendían solamente un presupuesto, sino una idea de nación.

Allí aparece, con una vigencia conmovedora, el pensamiento del sacerdote vasco José María Arizmendiarrieta, fundador e inspirador de la experiencia cooperativa de Mondragón, en el País Vasco. Aquel hombre repetía una frase sencilla, pero poderosa: “No solitarios, sino solidarios”.

En tiempos donde el individualismo parece haberse convertido en doctrina y donde muchas veces se mide el valor de las personas por su capacidad de competir y no de compartir, el mensaje de Arizmendiarrieta resulta casi revolucionario. Él entendía que la educación no era un gasto, ni un privilegio, ni un negocio. Era la herramienta fundamental para construir comunidad, dignidad y futuro.

Mondragón no nació de la especulación financiera. Nació de una escuela técnica, de un aula, de la convicción de que educar era sembrar posibilidades colectivas. Primero fue enseñar; después vinieron las cooperativas, las empresas, el desarrollo industrial y el bienestar social. El orden no fue casual, ya que antes que el capital estuvo la formación humana.

Argentina conoce muy bien esa tradición. La universidad pública argentina fue durante décadas una formidable fábrica de movilidad social ascendente. Hijos de obreros, de empleados, de inmigrantes y de familias humildes encontraron en las aulas universitarias la posibilidad de transformar sus vidas y, al mismo tiempo, aportar al crecimiento del país.

Por eso duele cuando la educación superior entra en crisis. Duele cuando los salarios docentes pierden poder adquisitivo hasta poner en riesgo la continuidad académica. Duele cuando investigadores emigran porque aquí no encuentran condiciones para desarrollar su trabajo. Duele cuando se intenta instalar la falsa idea de que financiar universidades es un privilegio corporativo y no una inversión estratégica.

La universidad pública no pertenece solamente a quienes estudian en ella. Le pertenece a toda la sociedad. Cada médico formado, cada ingeniero, cada enfermero, cada científico, cada abogado, cada docente que sale de una universidad pública devuelve multiplicado lo que la sociedad invirtió en él.

Aquí aparece nuevamente la enseñanza de Arizmendiarrieta; pues una comunidad progresa cuando comprende que nadie se realiza solo. No hay desarrollo económico sostenible en sociedades fragmentadas. No hay innovación posible donde se desprecia el conocimiento. No hay libertad verdadera cuando el acceso a la educación depende únicamente del dinero de cada familia.

Tal vez la discusión de fondo no sea solamente presupuestaria. Tal vez sea moral y cultural. ¿Queremos ciudadanos aislados, obligados a salvarse solos? ¿O queremos una nación construida sobre la solidaridad, el conocimiento y el esfuerzo compartido?

“No solitarios sino solidarios”. La frase del sacerdote vasco resuena hoy con fuerza inesperada en las calles argentinas. Porque detrás del reclamo universitario hay algo más grande que un conflicto salarial: hay una defensa apasionada de la idea de comunidad.

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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