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Opinión

Cultura rota, un daño sin final conocido

El éxito en la producción agropecuaria parece algo prohibido desde la mirada de la sociedad. Durante años, culturalmente se instaló la idea de que “el campo” es una sola cosa y todo se mira con la misma vara.

“Qué hacemos mal?” es la pregunta que suelo repetirme, sobre todo en estos tiempos, donde tal vez, las cosas no están tan mal. Lo digo porque en las malas, en la época de vacas flacas, enredarse en estas cuestiones, suele provocar más rechazo que sumatorias, por eso en el mejor momento, es tal vez cuando más hay que indagarlo.

La tarde primaveral pega como nunca en el potrero. Todo parece perfecto, el rebrote del centeno se va escalonando entre parcela y parcela y los novillitos son dignos de una foto: colorados con una cabeza para el cuadro, el estado, el pelo, la docilidad, se marcan en la recorrida en esto de que ahora teniendo un adolescente que maneje, disfrutar, observar y ver que todo esté en orden, es más fácil que conducir atento a una vizcachera, a un ternero acostado entre los pajonales y hasta anotando caravanas, esas cosas que como padres, disfrutamos el doble haciendo lo que nos gusta.

El comentario le causa gracia, “mirá que lindas que están, son una pintura, divinas las gorditas” se me escapa mirando la recría, embelesado con el cuadro de vaquillonas de reposición, en esto de empezar una primavera donde sobra rebrote, campo, pasturas y todo parece viento a favor. “Yo te escucho y no entiendo porque no los quieren”, me dice a la pasada, como sumando al comentario, como haciendo un corte a tanta dulzura.

Y sí, ellos viven de la compu y allí miran todo: “vi que a los granjeros –me causa gracia el término yankee traducido- tampoco los quieren. Allá hacen manifestaciones, andan con pancartas y los tratan con desprecio porque dicen que maltratan a los animales. Bah en realidad son rancheros a los que se refieren”, me comenta siguiendo su hilo de razonamiento y su traducción. Lo miro y le dejo abierta otra puerta al comentario, “si ellos supieran como los tratan, con que admiración los miran, cómo se apasionan con esto de una simple recorrida, capaz pensarían diferente”, me deja concluyendo sus ideas.

Nada nuevo no? Sin embargo, escuchar a una nueva generación diciendo exactamente lo mismo, me devuelve al primer pensamiento: “qué es lo que hacemos mal?” Seguramente la palabra fácil será, “no comunicamos, comunicamos mal, no contamos la historia, etc, etc, etc”. En serio? Alguien cree que hoy con miles de instagramers relatando las cuestiones, la pasión, las labores, absolutamente todo, el problema es la comunicación? No, es cultural y punto, nadie absolutamente nadie, me lo saca de la cabeza.

El problema y sobre todo en Argentina, tiene un arraigo casi ancestral. Una cultura que supo ser de cierta estirpe social –no usemos términos que irritan, todos ya los conocen- sin dudas, hubo una grieta entre propietarios, empleados, el paisano, los pueblos, la industrialización, la lejanía cultural, la falta de total educación en las escuelas respecto a la importancia del sector, no solo en lo cultural, ambiental, alimenticio, económico. Llevamos varias generaciones, donde se instaló la idea, de que al campo siempre le iba bien, como si fuera un “genérico” y si la soja valía, la plata la hacían los ganaderos, los yerbateros o quien fuere. Y la carne era cara, la fortuna era para los vaqueros, nadie jamás se enoja con un frigorífico o con un carnicero. Y hoy el relato sigue, la carne es cara y punto, porque al querer cobrarla, deja de ser un “subsidio”, algo que por años fue prácticamente una realidad.

Revertir la historia es algo más que complejo, casi imposible, porque en definitiva si en el mejor de los casos –hoy podría ser el caso del criador- al ganadero le va bien, en este país, eso fue prohibido ideológicamente. Algo que no sufren los industriales, los sindicalistas, los políticos, los abogados, ser exitoso es una cualidad.

Cualquier ciudadano salvo el productor agropecuario, tiene por generación espontánea la idea de que ganar plata, es una mala praxis. Y eso, es cultura, algo impuesto donde el daño realizado, llevará generaciones y nada asegura, que el resultado sea el esperado. Entonces, qué hacemos mal cuando nos va bien? Nada, hay arraigos que no hay plata, ni redes, ni pantallas, ni acción alguna, capaz de poder revertirse. Es cultura y cambiarla, sería no solo una cuestión de estado, sino más bien, un cambio en generaciones que difícilmente, se podrá conseguir. En el mientras tanto, seguiremos haciendo lo que tanto nos gusta, con pasión, con responsabilidad, con compromiso social y con la idea de saber de que siempre, el éxito de este sector, será penalizado socialmente.

Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

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