Hay días en que uno se sienta frente a la computadora, mira la pantalla en blanco y espera que aparezca un tema. No aparece. Mira por la ventana. Tampoco. Revisa las noticias, los mensajes, las redes. Nada, siempre lo mismo, chismeríos, noticias de la poliquetería. El campo sigue ahí, pero por alguna razón parece no tener nada para contar. Entonces aparece la primera pregunta: ¿qué se escribe cuando no hay nada de qué escribir? Tal vez, justamente, se escribe sobre eso.
Porque en el campo nunca pasa nada… hasta que pasa. Una semana puede parecer idéntica a la anterior… El trigo creciendo, los caminos con polvo, alguna lluvia que se hace esperar, los productores mirando el cielo y los pronósticos con una mezcla de esperanza y desconfianza. Pero detrás de esa aparente quietud hay decisiones, preocupaciones, expectativas y trabajo.
También hay días sin grandes noticias. Días en los que la cosecha está todavía lejos, el precio con sus subas y sus bajas; tampoco hubo una tormenta extraordinaria ni apareció una nueva tecnología capaz de revolucionarlo todo. Días normales. Y quizás hemos olvidado que la normalidad también merece ser contada.
Porque buena parte de la vida rural está hecha de esas pequeñas cosas que no suelen ocupar titulares… Una recorrida por el lote, una charla en la tranquera, el ruido de una máquina que arranca temprano, una decisión que se toma después de mirar el suelo, una lluvia que llega justo cuando hacía falta. El campo se construye mucho más con esas escenas cotidianas que con los grandes acontecimientos.
Así que, cuando no hay tema, habrá que mirar un poco mejor. Quizás el tema está en el silencio de un lote. En la espera. En lo que todavía no ocurrió. En ese productor que sigue haciendo cuentas, aunque los números no cierren del todo. En quien prepara la próxima campaña mientras termina la anterior. O simplemente en esa mañana aparentemente igual a todas las demás.
Si después de buscar tampoco aparece nada, siempre queda una última posibilidad de escribir sobre la falta de temas. Después de todo, para quien tiene la obligación de escribir todas las semanas, descubrir que no tiene nada para decir también puede ser una historia. Y esta mañana, por suerte, ya tenemos columna.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo























