Diciembre siempre tiene “esas cosas”. Tardes sofocantes, eternos días de trabajo, noches cálidas donde ir a dormir es a veces una sensación de “perder tiempo”, cómo no atrapar un poco de ese fresco que llega en la oscuridad, con los sonidos del silencio que retumban aunque estés en la ciudad, porque en el campo, en el campo es un concierto.
Las charlas con Gustavo a veces aparecen, el exagera, pero es cierto que por momento las agendas no colaboran y dedicar un buen rato a la charla, no siempre es tan sencillo. O si lo es? Por eso entre tantas preguntas, me vino una a la cabeza que disparó como un dominó las cosas que viví durante la semana, “textos que llegaron”, frases que se “cuelan” en el día a día, vivencias y recuerdos, todo pasa como una película a mayor velocidad y la claridad llega sobre todas las cosas.
“Cuál es el valor del otro”? Fue lo primero que me vino a la cabeza, cuando por un instante recordé una charla con un vendedor, pero a quien yo llamé y durante unos cuarenta minutos, el titular de una prestigiosa empresa, me dedicó punto a punto, duda tras duda, otorgándome para mi, el más valioso de los tesoros, su tiempo.
La imagen se repite y muchas veces nos “boicoteamos” con mil cosas sucedidas. “Volver del más allá traerá un sabor a inmortalidad?” se pregunta Gustavo, contándome que no es la primera vez, que viendo a alguna persona salir de una situación límite –infarto, ACV, picos de presión, accidente- parecen poco a poco olvidarse, cometiendo los mismos errores, acudiendo a los mismos vicios, repitiendo patrones de estrés que tarde o temprano, van a ir irremediablemente al mismo sitio.
En esa “costura mágica” que a veces la vida nos permite la semana siguió juntando señales. En frases sueltas aparecen guías, esos que tenemos alrededor y que con muy poco nos enseñan cuáles son las cosas importantes. Leo el posteo de Alejandro Aznar y todo empieza a tomar sentido, “quizás las situaciones dolorosas sean justamente las que nos muestran un camino para crecer, aunque muchas veces no sepamos interpretarlo. En mi caso, cuando algo te rompe en mil pedazos no tenés opción: la única manera de seguir es darle otro sentido a la vida —y también a la muerte—, porque de lo contrario sería imposible continuar”, relata en un texto que habría que guardar entre las escrituras sagradas.
En su remate, tras la experiencia más dolorosa que un ser humano puede sufrir, Alejandro deja sus conclusiones, “en definitiva, el mejor maestro que tenemos en la vida es el dolor. A mí me tocó el más profundo de todos, y tuve dos opciones: caer en la victimización o hacerme cargo y trabajar para sanar. Creo que fui guiado por una energía que desconozco, porque jamás pensé que podría seguir viviendo después de lo que pasó. Pero acá estoy, encontrándole sentido a todo.”, concluye este gran tipo, que perdió de un plumazo a su mujer y a uno de sus hijos.
Vuelvo al día a día y todo empieza a tener sentido. Porque a veces no nos damos cuenta el “valor del otro” y en ese otro, el tesoro que todos guardamos y muy pocas veces dedicamos: el tiempo. Sencillo, pero valioso, muy valioso, por eso no solemos entender que las necesidades, son siempre mucho más lejanas de lo que creemos, cosas a las que nos sometemos solo por costumbre, no comprendiendo que de todas las opciones, la más simple, es la que cuenta.
Gustavo vuelve a su relato y cierra con una frase que resume todo, “En una de sus charlas TEDx, Juan Bautista Segonds exjugador de rugby argentino y fundador de la ONG Rugby Sin Fronteras comparte una anécdota conmovedora de una misión en 2012, durante el conflicto en la Franja de Gaza, organizó un encuentro de rugby que reunió a 50 jóvenes israelíes y 50 palestinos: al preguntar a un niño de la Franja de Gaza cuál era su mayor deseo, el pequeño respondió “darme una ducha de agua caliente”. La frase, explica con claridad la idea. El valor de las cosas, está claramente sobredimensionado.
Por eso, cada vez que puedas, pregúntate: cuánto vale el otro y la respuesta, ponela en valor tiempo, la más cara de las monedas que una persona puede pagar.
Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo


























