Hay diferentes versiones de una actualidad que tiene al campo entre ceja y ceja. Las miradas tienen la particularidad de que no todo el mundo conoce de las problemáticas del sector, a no todo el mundo le interesa conocerlas y muchísimo menos, están dispuestos a escucharlas.
La escuela recibida durante los últimos 20 años, no ha dado justamente buenas lecciones en cuanto al aprendizaje social de qué producimos, cómo y para qué. Todo ha sido politizado, ideologizado y sobre todo, de-mo-ni-zado.
Al día de hoy todavía hay libros y docentes hablando del impacto del medio ambiente de la producción agropecuaria, de lo que significan los mal llamados “Agrotóxicos” –un término que no solo es tendencioso sino que no corresponde a ningún producto, sino a la forma de uso de un producto- y para colmo de males, si existía una manera de generar una grieta con el “Argento promedio” – lo digo y me hago cargo en primera persona, somos una especie dentro del universo de civiles “diferentes” de pensamiento, comportamiento y acción social en todo el mundo- esa grieta, la vino definitivamente a ensanchar el producto que nos identifica dentro de ese especímen: la carne.
Toda esta ensalada, hoy está revolviéndose dentro de la licuadora del pensamiento social. Y si faltaba algo para sumar a la mirada desconfiada, es que “al campo le siguen dando cosas y al resto nos sacan”, dirá por ejemplo algún Bahiense, que le quitaron el subsidio de zona fría, mientras al campo “le sacaron retenciones”, como si esto fuera un enorme favor, con acciones solo realizadas para beneficiar a este sector, supuestamente pudiente.
Dicho todo esto, lo que viene por delante en materia de educación social agropecuaria, es una tarea titánica, engorrosa, difícil de lograr y llevar a cabo, pero que no existe otra manera de enfrentarla. Hay que hacerla, a como de lugar.
Habrá que explicar que las retenciones no son un impuesto, porque no traen ningún tipo de beneficio a cambio, simplemente, extraen el capital del productor que –valga la redundancia- produce y es castigado por eso. En realidad esta baja de retenciones, es restarle un impedimento, para intentar que produzca un poco más. Ni más ni menos que eso.
En este país, estamos acostumbrados que al que no produce nada, es más al que gasta – como en el caso del gas por zona fría- , se lo subsidia, se lo beneficia, se lo acompaña. Al que produce algo –lo que sea-, se le resta, generando justamente el efecto contrario de poder ayudar con mayor producto de “algo”, al que menos tiene: ese ha sido sin dudas, el camino de la carne. Siempre observado, pisado, amenazado, denostado, sin créditos, sin beneficios, sin absolutamente nada más que la obligación, de prestarle un servicio a la ciudadanía, pero con inversión y riesgo privada. Hoy, vivimos esas consecuencias, haber presionado tanto sobre una producción, que hoy la fábrica –la vaca, la que produce los terneros- no hay manera de recuperarla en no menos de 5 años. Y todo eso, siempre y cuando, el negocio siga motivado, exportando y siendo redituable. Al mínimo indicio de que no lo sea, el efecto será desbastador, porque la profecía autocumplida de Guillermo Moreno será real: nos terminaremos comiendo hasta la última vaca.
La grieta campo y ciudad, nunca la generó el campo, porque como dijo alguna vez Gustavo Almassio, es imposible producir pidiendo permiso. Pero lo cierto es que en tiempos donde la ciudadanía vive momentos complejos y delicados, la sensibilidad del sector, debe maximizarse para entender que mientras el campo pelea por lo suyo, muchos directamente están dejando de pelear por las cosas más simples: la supervivencia.
Son tiempos de trabajo silencioso, son tiempos donde la empatía, debe superar cualquier Excel, cualquier costo y sobre todo, cualquier egocentrismo. Estamos en la mira y por eso, nuestro compromiso, debe estar a la altura de las circunstancias.
Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

























