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Opinión

El regalo de cada día

Ser padres es un desafío constante, sobre todo cuando en estos tiempos, nuestros hijos contienen una sabiduría y una apertura difícil de comprender para nuestras ” viejas escuelas”.

Nada está escrito. Ni una sola línea, no existe manual, escuela, Universidad ni carrera alguna para los lineamientos que un día la vida te puso en el camino. Y ahí vas, siempre a la deriva, siempre buscando el horizonte para una navegación que es a ciegas, pero que siempre tiene recompensas en el camino. Tal vez, se parece poco a lo que uno puede imaginar, sin embargo, el recorrido te va mostrando que lo maravilloso, no está en lo pensado, no tiene absolutamente nada que ver con lo que tal vez trazaste en el mapa supuesto de ruta, y sin embargo, esos nuevos descubrimientos son los que te llegan al alma.

La cosa no fue fácil, en lo personal no tuve escuela, al menos la masculina quedó trunca de temprano, pero como alguna vez escribí en algún editorial, encontré esos maestros que tenían “entenados” y allí, tuve la suerte de ir aprendiendo trazas, de ir sumando en esa pequeña caja de herramientas que es la vida, cada uno de los materiales que tarde o temprano, terminás usando, pero como alguna vez me enseñó el gran Fito –lo más parecido a un padre que me regaló la vida- el secreto está en dejar que la vida te muestre, intentar llegar con un plan de actuación, siempre conlleva al fracaso.

Hoy disfruto las diferencias, porque prácticamente nada de lo que en lo personal habría imaginado –tal cual lo predijo mi maestro- fue plasmado en ese supuesto proyecto. Es único, como lo deben ser todos y cada uno para sus padres, pero este créanme, es un hermoso desafío, del cual día tras día, aprendo, maduro, me obliga a reiniciarme, me lleva a límites, me enseña, me emociona, me hace entender la maravilla del ser humano y sus secretos, esos donde las supuestas “mentes” que todo lo saben, saben poco y nada.

Al pobre aprendí a entenderlo ya entrada su adolescencia, hasta ahí, le porfié todas y cada una de sus miradas, creído de que existe un mapa de ruta, una y otra vez el me enseñó que cada camino es diferente, que no hay un molde a seguir, que la “escuela de vida” abre todos los días y depende de nosotros –los padres- ingresar a aprender y recién ahí, poder crecer y entender que un hijo, es un camino maravilloso de ida.

Seguimos creciendo juntos, el con su sabiduría, con su cabeza paralela a lo que la sociedad nos enseñó, con su enorme capacidad de debate, con su corazón único, con la condena de no entender la mentira o el engaño, esa que como comunidad, hemos establecido como posible. Para el, lo “literal” es todo, no hay un plan B, el gris, es hipocresía pura.

Aprendí que la escuela está atrasada no menos de 50 años. Quien no es capaz de retroceder esa cantidad de tiempo, no puede ir a la escuela. Allí, hay un molde y quien no se adapta a la tiza y el pizarrón, a estudiar de memoria, a repetir la capital de Tenochtitlán y no ser igual al resto, es diferente. Los normales, son los que copian, repiten todo, se adaptan a la mediocridad y sobre todo, no incomodan con sus diferencias. Nos hemos acostumbrado, a escuelas donde directivos, docentes, padres, estén cómodos, si hay que pensar, entonces complican al resto.

Cada día es un nuevo desafío, porque ser padre es una profesión donde no hay horarios, donde las recompensas están en los lugares y situaciones menos pensadas y sobre todo, nos invita cada momento a superarnos en nuestras propias limitaciones, es entender que el control, es lo único que no tenemos y eso, es el mayor desafío que la vida puede presentarnos.

Me regalaron un hijo, eso es lo que hoy puedo declarar sin duda alguna, porque es un regalo para cada día, porque con el aprendo a romper preconceptos, porque en él me hago cada momento más sabio, porque es capaz de sacar cada uno de mis caparazones, mis escudos, mis defensas, desnudarme por completo y aún así, sentir que estoy seguro.

Por todo eso y por todo lo que vendrá –si la vida me lo permite- gracias hijo, gracias por enseñarme a ser padre. Como vos decís, “ok viejo” y con mucha honra, disfruto escucharlo.

Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

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