Una y otra vez los debates parecen superponerse, si hay que regular, si hay que dictar normas, si todo debe ser libre, de pensamiento, de acción, de uso, de explotación. Una Argentina que en este quiebre de ideas, intenta posicionarse, en un formato que por años estuvo a la defensiva –de cuestiones internas, de usurpaciones, de violación de derechos privados, de expansión- por otra, que hoy intenta ser libre, con muchas cuestiones donde las libertades, también son debatibles, porque en el mundo, no son tales como se pretende.
La ley de semillas entra y sale de los cajones con la misma velocidad que los pronósticos de Niño o supér Niño, lo cierto es que más allá de cualquier discusión, el crecimiento tecnológico de los cultivos, habla silenciosamente por sí mismo: ciclos para todos los gustos, densidades que se adaptan por regiones, tolerancia a malezas o a sequías, solidez ante enfermedades o patologías. Todo lo hecho por las propiedades intelectuales que invierten para crecer en una potencial cosecha, han demostrado con creces, que lo invertido en conocimiento, lo paga con creces. Sin embargo, aún seguimos en la disyuntiva si una vez sembrado, el producto no deber volver a pagarse, si reinvertir en todo ese avance, debe ser una cuestión propia de las empresas y el productor debe beneficiarse eternamente, sin preocuparse de que los avances, tengan algún tipo de beneficio.
En cuestiones de suelo las cosas son más complejas aún: en estos días de la mano de un reconocido ladero de la política actual, se defenestró la propuesta de una ley de suelos, donde se defendiera através de prácticas sustentables, parte del futuro productivo de nuestras tierras. Es lógico, acostumbrados a un “Estado paternal”, proveerlo de herramientas que sean capaces de apoderarse de una explotación le pone la “piel de gallina” a cualquiera.
La cuestión, es que en un país donde más del 70% de las tierras son arrendadas, dar rienda suelta a las libertades absolutas, pueden llevar a la destrucción del futuro productivo. De allí que desde el Colegio de Ingenieros Agrónomos, se busca proteger de alguna manera ciertas prácticas y esto expone a que dicha prevención, sea vista como parte de un negocio para unos pocos. Ni una cosa ni la otra, mientras tanto, debemos seguir repensando como custodiar tierras “frágiles” ante una rentabilidad cada día más fina, donde quien produce, necesita llevar muchas veces el sistema a límites, donde no siempre se tiene retorno. Cuestiones que en otros países –Uruguay es uno de los ejemplos-, existe una serie de cuestiones que se deben cumplir, en barbechos, en rotaciones y en simples prácticas, que habría que poder poner en práctica, sin necesidad de leyes que empoderen a un estado, que puestos en manos erróneas, es más dañino que cualquier erosión eólica, hídrica, volcánica o atómica.
Libre mercado es una verdad a medias, de hecho en países libres, siempre existe una mínima regulación, porque la propiedad privada, la inversión privada, siempre buscará el máximo beneficio individual, jamás pensará en el conjunto, y allí es donde se acaban las supuestas libertades. Encontrar un equilibrio es tal vez el mayor desafío que el sector debe encontrar, para cuidar el suelo, para proteger el medio ambiente, para no contaminar las fuentes de agua, para criar con independencia, para proveer alimentos inocuos, para seguir creciendo, en el medio de crisis que siempre llevan al facilismo de un estado omnipresente.
Legislar o liberar, una delgada línea donde todos se equivocan y donde todos, tienen derecho a opinar.
Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

























