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Eficiencia, la brújula que marca el norte

La eficiencia en producción agropecuaria es una suerte de diccionario escrito hace muchos años de cuál es el “abc” de las cosas bien hechas. Buscar culpables en los fracasos, es una manera de mirar para otro lado.

Hace pocos días en un programa agropecuario de la región, se debatió un tema que muchas veces nos deja pensativos, porque es de extrema sensibilidad y porque en definitiva, nadie es dueño de la verdad a la hora de cómo debemos producir, si debemos ser o no eficientes, porque en definitiva, tampoco somos dueños de la plata ajena. Pero el problema, es que en muchas de estas cuestiones, existe cierto “romanticismo del pobrismo del productor”, así alguna vez lo describió mi amigo Gustavo, pero dicho con respeto, dicho desde quien cada día la pelea, se equivoca, pierde, vuelve a comenzar, se enoja, se enamora, y como el, muchos de los que intentan hacer las cosas mejor.

La eficiencia es en definitiva, una decisión, no hay que ser chico o grande, para hacer bien las cosas. Obvio, siempre es más fácil con el CBU lleno tomar las decisiones, pero también es cierto que cada una de las pequeñas cosas, son las que terminan llenando o vaciando la cuenta, sea grande o chica.

Hace pocos días en la feria un enorme lote de vacas para negocio, aparecieron con un ternero parido, donde lógicamente no hubo tacto, donde la decisión de alguien de venderlas en esa condición sin importar lo “biológico” –para no ponerle un tono sentimental, más bien simplemente humanitario-, ese solo lote desnudaba una forma de trabajo. Grande o chica, se desnudaba una manera de enfrentar un negocio. Y claro, en un país donde cada vaca cuenta, donde cada pata vale, donde el stock está en crisis, ciertas decisiones comerciales, terminan haciendo ruido.

O como ocurre en infinidad de lotes que vemos sin sangrado, que son enviadas por una razón u otra sin destino a China –el destino que mejor se paga para cualquiera sea la condición de la vaca supuestamente vacía- en un negocio que pocas o muchas, se pierde entre un 10 y un 15 % del valor de la vaca, por la sola decisión de no sangrarla, cuando esto, no tiene un costo de más de un 2%. O sea, por una práctica, por una cuestión de manejo –y acá no es válido decir que es por “chico”- se prefiere perder de miles, de cientos y hasta en estos tiempos de valores –cuando son en cantidad- millones de pesos. Entonces, la ineficiencia, ya toma otro valor, toma otro vuelo donde desde afuera, sí es válido saber que quien se funde, hace todo el esfuerzo por lograrlo.

La ganadería, la agricultura, la producción en general, vive de la mano del clima, de los mercados, de las políticas, pero en todas ellas ninguna es capaz de por sí misma, provocar quebrantos cuando adentro de cada tranquera, siempre hay lugar para maniobrar y saber cuándo achicar, cuando crecer, cuando sembrar, cuando vender y cuándo en definitiva, hacernos responsables. El “campo” –un término variable y absoluto- tiene mucho de eso a la hora de mirar las responsabilidades ajenas. Pero siempre, todas y cada unoa de los resultados, tienen un altísimo componente de qué fue lo que se hizo, para llegar al fracaso o al éxito de la empresa. Señalar al estado, al banco, a la inundación, a la sequía, siempre suele ser un poco más benigno, que entender que como en cualquier empresa, la primer pieza del tablero, la movimos nosotros mismos.

La eficiencia es como las matemáticas, habla de números, habla de conocimiento, habla de experiencia, de prácticas, pero siempre habla de una brújula que marca el norte, aunque intentemos todo el tiempo, creer que hay otro cuadrante para lo que nosotros hacemos. Si el ciclo de servicios es estacionado, si la densidad de siembra ya está estudiada, si la fertilización es el “abc” de un cultivo, si el diagnóstico de preñez es la tabla del “uno”, si rastrear o hacer un cultivo de servicio, si sangrar o pesar los terneros en engorde, si rotar o no los potreros, y así un diccionario entero escrito hace mil años de cómo convendría tomar las decisiones para nosotros no es válido, escudarse en el sufrimiento eterno, no es una buena práctica y al menos yo, no estoy dispuesto a protegerla.

La eficiencia está o no, no tiene ni escalas, ni Niño climático, ni partido político. Ni siquiera, tiene religión, es la estrella en el cielo que guía en la oscuridad. Perderse, es una decisión, nunca es una consecuencia.

Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

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