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De vuelta la mula al trigo

La corrupción no es inevitable. Lo inevitable es que, si seguimos tolerándola, nos devore como sociedad

Esta expresión originada en algunas áreas rurales de España y con la que titulo mi columna, cabe muy bien a este posible nuevo caso de corrupción que está investigando la Justicia que golpea al Gobierno, porque volvió a poner sobre la mesa un drama que se repite en la Argentina: la corrupción enquistada en el poder.

Lo vimos tantas veces que casi parece rutina, pero no podemos acostumbrarnos. Yo no me acostumbro… Porque la corrupción no es un simple error administrativo, ni una “viveza criolla” que, aunque asquerosamente repudiable, podamos aceptar como parte del paisaje. Es, lisa y llanamente, una enfermedad que corroe las instituciones; degrada la política y destruye la confianza social.

No importa de qué partido hablemos, ni si se cubre con discursos progresistas o conservadores o liberales: la corrupción, venga de donde venga, siempre es una traición a la ciudadanía. Es robarle al Estado, que no es otra cosa que timar a todos. Es llevarse lo que debía estar en escuelas, hospitales, jubilaciones y pensiones, suministros para discapacitados, caminos o seguridad, y guardarlo en bolsillos particulares.

La historia argentina tiene ejemplos de sobra de cómo el poder, cuando no es controlado, termina incubando esta pústula que crece en silencio y avanza hasta pudrirlo todo. Y sólo se frena cuando hay decisión política y social de arrancarla de raíz. Yo me pregunto: ¿la hay?

El problema es que, seamos sinceros, los casos que llegan a juicio son muy pocos. Y cuando llegan, las condenas suelen ser irrisorias, casi una burla frente al daño causado. Esa impunidad también es corrupción.

Ya no alcanza con indignarse en la sobremesa ni con descargarse en las redes sociales. El desafío es colectivo: exigir con firmeza que el que roba vaya preso, que los bienes mal habidos vuelvan al Estado y que ningún poder, por más blindado que se crea, quede fuera del escrutinio ciudadano, sea del partido político que sea. Y esto también debe ser para todo el arco de la sociedad, ya sean sindicatos, empresas poderosas o empresas pequeñas, o nosotros mismos. Para todos.

La corrupción no es inevitable. Lo inevitable es que, si seguimos tolerándola, nos devore como sociedad. Por eso, el tiempo de la complacencia se debe terminar de una vez por todas. Es hora de arrancar esta pústula de raíz. ¡Caiga quien caiga! ¡Venga de donde venga!

José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

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