Hay aniversarios que se celebran con números. Sin embargo, hay otros que se celebran con memoria. Este martes 26, el Criadero de Cereales que la Asociación de Cooperativas Argentinas posee en Cabildo cumple cincuenta años. Medio siglo. Una cifra que impresiona por sí sola, pero que cobra verdadero sentido cuando se la mira a través de las personas que le dieron vida, esfuerzo y horizonte.
Porque detrás de cada variedad de trigo, detrás de cada ensayo y de cada surco sembrado con esperanza, hay nombres propios. Y uno de ellos, imposible de soslayar, es el del ingeniero agrónomo Rubén Miranda.
Se diría que Miranda nació con el campo escrito en la piel. Hijo de productores de la colonia La Carlota, cerca de Mayor Buratovich, aprendió desde niño que la tierra puede ser áspera y generosa al mismo tiempo. Allí, en el sur bonaerense donde el viento suele poner a prueba la perseverancia humana, descubrió que la agricultura no era apenas un modo de vida, sino una tarea permanente de aprendizaje y superación.
Quizás por eso eligió estudiar para ingeniero agrónomo en la Universidad Nacional del Sur. Se graduó en 1972, pero su verdadera obra recién comenzaba.
La vida suele abrir puertas inesperadas. Rubén tenía acordado incorporarse a una empresa privada, pero una beca en el INTA Hilario Ascasubi cambió su destino. Allí encontró a quien sería un maestro decisivo, el ingeniero danés Hans Aage Olsen, uno de los pioneros del mejoramiento genético del trigo en Argentina. Fue Olsen quien le mostró un camino distinto y quien más tarde lo convocó a sumarse a un proyecto que nacía con modestia y grandes sueños: el futuro Criadero de Cereales de ACA.
No era una decisión sencilla. Sin embargo, eligió la posibilidad de construir desde cero y pensar en los productores. Y así comenzó una historia que quedaría inseparablemente unida al Criadero de Cabildo.
Durante décadas, Rubén Miranda no sólo investigó o dirigió. Formó personas. Enseñó durante más de treinta años en la Universidad Nacional del Sur, en la cátedra de Mejoramiento Vegetal, sembrando conocimiento en generaciones de agrónomos. En el Criadero construyó algo más profundo que una estructura técnica. Consolidó una cultura de trabajo basada en la seriedad, la austeridad y la búsqueda constante de excelencia.

Quienes trabajaron a su lado, por caso los ingenieros Armando Junquera y Guillermo Gullace, recuerdan su personalidad firme, su disciplina casi monacal y su claridad de rumbo. Pero él, fiel a su estilo sobrio, jamás hablaba de éxitos individuales. Cuando recibió la Espiga de Oro, en 2010, relativizó el reconocimiento con una frase que lo define por completo: “en el mejoramiento genético -decía- los logros nunca son de una sola persona”.
Acaso allí resida una de las enseñanzas más valiosas que deja su trayectoria; porque el Criadero de Cereales de ACA no nació ni creció por obra de individualidades aisladas. Como toda construcción cooperativa, fue y es una tarea compartida. Una obra colectiva donde la ciencia, la producción y el compromiso humano encuentran un punto de encuentro.
Rubén Miranda se retiró en 2019 después de casi medio siglo de dedicación. Quería disfrutar más de su familia, de María Teresa, de sus hijos y de sus nietos. Pero el destino interrumpió ese tiempo esperado con su fallecimiento, ocurrido el 29 de octubre de aquel mismo año. Sin embargo, hay vidas que no terminan cuando concluye su existencia física. Quedan sus huellas en las variedades que ayudó a desarrollar; en las investigaciones que impulsó; en los colegas que formó; y quedan también en cada productor que, quizá sin saberlo, sembró semillas nacidas de aquella pasión silenciosa y perseverante.
Cuando este martes 26 el Criadero de Cereales de ACA en Cabildo celebre sus cincuenta años, no será solamente un cumpleaños institucional. Será la celebración de una idea. La certeza de que la ciencia puesta al servicio de la producción puede transformar realidades. La convicción de que el cooperativismo también se expresa en laboratorios, parcelas y equipos de trabajo comprometidos. Y el homenaje a hombres como Rubén Miranda, para quienes el trigo nunca fue simplemente un cultivo, fue también una vocación y una responsabilidad.
Por eso, como dicen quienes lo conocieron, fue -quizá desde siempre- su destino.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























