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Ser o no ser, mejor no ser nada

El país se debate una y otra vez en su grieta: un estado que todo lo manda donde el resultado es la desinversión, la falta de infraestructura y una sociedad acostumbrada a la dádiva. El otro, un largo y sufrido camino, con inversión y futuro.

Llueve y lo que debería ser una fiesta, poco a poco se transforma en un pesar. Llueve y la bendición del cielo parece un castigo celestial para un país que no logra desenredarse de sus propias ataduras. Llueve y en el campo hay una mirada optimista, de esperanza, aunque en el fondo sabe, que solo tendrá más problemas, más complicaciones, más fastidio.

La producción agropecuaria crece sin que nadie más que los propios productores, estén dispuesto a hacerlo, por eso a pesar de los últimos 20 años de trabas, retenciones, cierres de exportaciones, impedimentos, castigos, falta de mercados y una absoluta y total falta de infraestructura no para de crecer. Los 150 millones de toneladas ya no son un límite, pensar en 200 millones sería lo más lógico, hay mucho potencial aún sin explotarse.

Mientras tanto la ganadería toda se entusiasma con valores históricos, valores que en parte tienen que ver con el mundo, con sus necesidades, pero lo cierto es que gran parte de esos precios, nacen de la escases, de la falta de stock, de los años de tener “la pata encima de la cabeza”, esa fue siempre la lógica de un estado que pretendía que la carne, sea un servicio público, mientras cientos de miles de productores, caían del sistema, ese mismo sistema que hoy pide a gritos que vuelvan, que crezcan, que inviertan y compren un producto, que a nivel histórico, está en la cresta de la ola.

La sociedad se debate en sus propios problemas, en una economía que busca solucionar los años de desinversión, la falta de generación de trabajo genuino, la huida de todo aquel que pretendía invertir en un país donde el estado, terminaba incautando los capitales, impidiendo la libertad de mercado y sobre todo, adueñándose de lo privado, donde lo jurídico era muy elástico, muy poco probable de cumplir.

Hay que crecer, pero para eso hay que comenzar acompañar ese crecimiento, con caminos que sean capaces de soportar esa producción. Con rutas, que no sean la trampa mortal en la que hoy se han convertido. Con trenes, que sean el verdadero nexo y fuente del transporte de larga distancia y despejen las principales rutas de miles de camiones que encarecen el traslado de granos y haciendas y hacen cualquier trayecto, directamente incompatible con la vida.

Trabajar en la Argentina aún es un castigo. Quien invierte, quien produce, quien arriesga, parece culpable de todo, en un país donde todos nos hemos acostumbrado que los derechos son el único camino hacia las soluciones. Queremos luz barata, gas para todos, energía a bajo costo, rutas sin peajes, hospitales gratuitos, Universidades públicas, sin impuestos, sin tributos, sin tantas obligaciones. Una contradicción tras la otra, nos hemos convertido en un país poco probable, lleno de paradojas y sin un objetivo claro.

Manda la grieta, la que sea, pero ahí está, siempre presente en todo. Semillas libre uso, pero queremos tecnología. Divisas para el país, pero sin exportar tanto así comemos carne barata. Mucho trigo y expansión de mercados, pero la harina de calidad los molinos no quieren pagarla. Queremos inversores, pero que no tengan derechos y mucho menos, compren tierras. Necesitamos créditos, pero con Bancos que pierdan plata.

Nos hemos acostumbrado que es mejor recibir, por eso quienes producen, quienes invierten y quienes arriesgan, no deben tener demasiados derechos, eso queda para los que gastan, para los que consumen, para los que vacacionan.

Llegó el momento de decidir de una buena vez que país queremos, que país necesitamos, que país será el viable o el inviable en el cual lo hemos convertido. Seguir por siempre en la dinámica de la micro o aguantar un poco más para que la macro lo defina.

Ser o no ser, esa es la cuestión de siempre y aquí siempre hemos decidido mejor, no ser nada.

Carlos Bodanza – Para Mañanas de Campo

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