Hay una pregunta que atraviesa siglos de filosofía y que todavía conserva toda su fuerza: Si un árbol cae en un bosque y no hay nadie para escucharlo, ¿hace ruido?
Podemos discutir la respuesta. Pero hay algo que no admite demasiadas dudas, porque cuando se trata de las personas, siempre hay alguien que escucha.
Vivimos rodeados de otros. Y en ese territorio cotidiano, cada palabra, cada decisión y cada silencio produce un efecto. Nada de lo que hacemos es completamente inocuo. Una palabra puede levantar a alguien que está atravesando un mal momento. Otra puede destruir una confianza construida durante años. Un gesto puede acercar. Una indiferencia puede convertirse en una herida.
Y también hablan nuestras ausencias. Sobre todo, cuando alguien esperaba que estuviéramos. Ese es, quizás, uno de los grandes desafíos de estos tiempos: entender que vivir en sociedad no significa simplemente compartir un espacio con otros.
Significa tener responsabilidad sobre el efecto que producimos en ellos. Y la responsabilidad no consiste solamente en cumplir las reglas. Responsabilidad es hacerse cargo. Es reconocer un error sin buscar inmediatamente un culpable. Es pedir disculpas cuando corresponde. Es reparar, cuando todavía es posible, aquello que dañamos. Es permanecer cuando desaparecer sería más cómodo.
Pero vivimos en una época en la que muchas veces ocurre exactamente lo contrario. Ante un problema, buscamos responsables antes que soluciones. Ante un conflicto, señalamos antes que escuchamos. Ante un error, intentamos explicar por qué fue culpa de otro.
Entonces, mientras todos buscan afuera la responsabilidad, el problema sigue ahí. Porque cuando nadie se hace cargo, alguien termina pagando el precio.De esta manera, poco a poco se instala algo todavía más peligroso, que es la indiferencia.
Quizás por eso deberíamos prestar más atención a determinadas palabras que hemos incorporado con una ligereza preocupante, como “vos no existís” o “fuiste.” Es como decirles que “ya no me importas”.
Es en ese instante en que deberíamos recordar que ninguno de nosotros existe completamente por fuera de los demás, porque tenemos una identidad porque fuimos nombrados, cuidados, educados y reconocidos por otros. Somos parte de una familia, de una comunidad, de una sociedad.
En estos tiempos el individualismo puede hacernos creer que cada uno se salva solo. Pero la realidad demuestra otra cosa.
Volvamos a aquella pregunta inicial. ¿Hace ruido un árbol que cae cuando nadie lo escucha?
Tal vez, pero en el bosque humano donde vivimos, la respuesta es mucho más sencilla; porque sí hacemos ruido siempre. Lo hacemos con lo que decimos y con lo que hacemos; con lo que permitimos y también con lo que elegimos no hacer. Porque, así como dejamos recuerdos, también dejamos heridas. Dejamos confianza y enseñanzas… Dejamos siempre una huella…
Por tal razón, quizás la pregunta más importante no sea qué ruido hacemos; sino qué ruido queremos dejar. Porque cuando pase el tiempo y ya no estemos en este plano, alguien sí va a recordar cómo lo hicimos sentir.
Nuestra verdadera responsabilidad no es solamente elegir qué hacer. También es aceptar que cada elección tiene consecuencias, y que en este bosque humano que compartimos, cada uno de nosotros tiene la obligación de decidir qué huella deja cuando pasa por la vida de los demás.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























