En la Argentina de hoy, el productor agropecuario enfrenta un escenario complejo, donde confluyen dos fuerzas determinantes. Por un lado, el modelo económico impulsado desde el actual Gobierno, y por otro, una crisis internacional creciente derivada de la guerra en Medio Oriente, que ya está impactando de lleno en la economía global y local.
El gobierno nacional propone un esquema productivista basado en la desregulación, la apertura de mercados, la reducción del peso del Estado y la apuesta a que el sector privado sea el motor del crecimiento. En esa lógica, el agro y también la minería ocupan un lugar central como generadores de divisas, motores exportadores y sostén estructural de la macroeconomía nacional.
Ahora bien, aunque desde la administración nacional se viene planteando una política orientada a aliviar la carga tributaria y reducir distorsiones impositivas, esa tendencia no encuentra correlato en muchos gobiernos provinciales y municipales. Muy por el contrario, en numerosos distritos se observa un incremento sostenido de tasas, contribuciones e impuestos locales que terminan impactando directamente sobre la rentabilidad del productor.
Es decir, mientras que desde la Nación se intenta bajar la presión, muchas provincias y municipios avanzan en sentido inverso, compensando su falta de recursos para sostener sus desordenadas administraciones con una mayor carga sobre quienes producen.
Pero, además, el conflicto en Medio Oriente también empieza a sentirse tranqueras adentro. Porque no se trata únicamente de una guerra lejana; ya que sus consecuencias llegan directamente al campo a través del aumento en insumos básicos como el combustible y los fertilizantes; como así también la casi paralización del transporte de carga en plena cosecha gruesa.
Y allí aparece un punto central, pues cuando suben estos costos estratégicos, cambia inevitablemente la ecuación productiva, porque no todo lo que brilla es oro. Lo que hasta ayer era rentable, mañana puede dejar de serlo. Lo que antes justificaba determinada inversión, quizás hoy obliga a recalcular.
Por eso, la guerra en Medio Oriente no solo presiona sobre los mercados globales y los precios internacionales; también obliga al productor argentino a revisar márgenes, replantear estrategias y ajustar su planificación financiera y operativa.
Entonces, ¿cómo debería operar el productor agropecuario ante este panorama? En primer lugar, con prudencia financiera. En tiempos de alta volatilidad, el endeudamiento excesivo puede transformarse rápidamente en una trampa. Hoy más que nunca, administrar liquidez y preservar capital es tan importante como producir.
En segundo lugar, aplicando inteligencia comercial. El productor debe abandonar la lógica de esperar pasivamente mejores precios y adoptar una estrategia activa de cobertura, diversificación y planificación. Los mercados internacionales serán cada vez más sensibles a factores geopolíticos y quien no administre riesgo quedará expuesto.
También, el productor debe seguir teniendo visión empresarial. El contexto obliga a profesionalizar la gestión incorporando tecnología, optimizando costos, midiendo rentabilidad por lote, por cultivo y por unidad de negocio. Ya no alcanza con producir bien; hay que gestionar mejor.
Finalmente, hacer una lectura política e institucional. Porque el productor necesita entender que la competitividad no depende solamente de un gobierno nacional favorable, sino también de que provincias y municipios acompañen con políticas coherentes y no conviertan al interior productivo en la variable de ajuste de sus déficits fiscales.
Y como dijo hace una semana un exgerente general de ACA, además de gran amigo, a su paso por Bahía Blanca: “Si no son eficientes en este esquema, van a desaparecer”.
José Luis Ibaldi – Para Mañanas de Campo

























